Compensar a los perdedores

Cuando yo estudiaba microeconomía -y de esto hace ya… bueno, digamos algunos años-, los libros de texto señalaban que había políticas que beneficiaban al conjunto, a lo que llamaban la función de utilidad social, o de preferencias sociales, que medía, de alguna manera, lo que “el país” deseaba o prefería, pero con dos salvedades. Una, que no se podía construir una función de utilidad social sumando las preferencias de los ciudadanos: simplemente, no era posible. Y otra, que algunos, una minoría, salía perjudicada por la decisión que favorecía a la mayoría. Pero, decían los libros, si unos ganan 100 y otros pierden 20, los que ganan pueden compensar a los que pierden, y ya está. Claro que luego no solía llevarse a cabo esa compensación, pero, se argumentaba, estaba claro que el conjunto de la sociedad salía ganando. Eso sí, si estabas entre los perdedores, lo tenías mal.

La globalización y el libre comercio son algunos de esos fenómenos que llevan a grandes beneficios para algunos y pérdidas menores para otros. Los perdedores solían emigrar, o morirse de hambre. Luego se inventó el estado del bienestar, para asegurar que los perdedores tuviesen algunas compensaciones: seguro de desempleo, educación y sanidad subvencionadas, rentas mínimas…

En un artículo reciente (aquí, en inglés), Dani Rodrik, profesor de Harvard, recordaba estos asuntos, y llegaba a una conclusión pesimista: en Estados Unidos, no es posible, o al menos no es fácil, introducir esas políticas redistributivas -y yo añadiría que en Europa, al menos en zonas de Europa, el estado del bienestar está en retroceso, por la combinación de factores demográficos, económicos, sociales y políticos. Pero Rodrik añade algo más: una dimensión política. 

Si entiendo bien lo que quiere decir, no estamos hablando solo de que unos ganan y otros pierden, que unos tienen más ingresos y otros menos, que algunos se hacen más ricos y otros menos. Lo que ocurre también es que los mecanismos del poder se decantan hacia los que ganan, que van acumulando no solo más dinero, sino más poder. Me recordaba algo que leí al Papa Francisco (y me ha dado pereza buscar su cita concreta), que recordaba que la idea de que cuando sube la marea, todos los barcos suben, o sea, si el país es más próspero, todos acabarán aumentando su prosperidad, pero añadía que esto no siempre se cumplía, si los que ganaban tenían el poder político para bloquear las ventajas que, al final, llegarían a los perdedores. 

No estoy seguro de cómo funcionan esos mecanismos de concentración de poder político, pero me parece que buena parte de las críticas a la democracia liberal y al estado de cosas actual tiene más que ver con ese problema político que con el económico. Los ganadores pueden desear redistribuir a los perdedores, porque esto les beneficia también a ellos; pero si, además, quieren acumular más poder, entonces estamos bloqueando las soluciones. Insisto: no estoy seguro sobre todo esto, pero me parece que vale la pena que consideremos la recomendación con la que Rodrik acaba su artículo: “para que los perdedores estén dispuestos a colaborar, hemos de pensar en cambiar las reglas de la globalización“. ¿Quién dijo que estos temas eran aburridos?

 

3 thoughts on “Compensar a los perdedores

  1. Muy buen artículo que estoy seguro que no a a ser del agrado de muchos, estoy uy de acuerdo con que se ha creado el estado del bienestar, para asegurar que los perdedores tuviesen algunas compensaciones y añadiría una falsa sensación de seguridad.

    Saludos

  2. Nada aburrido. En el libro que le envié están claros estos temas combinatorios. Las estadísticas que miden lo que propone Rodrik, como agregados numéricos, dependen de una variable T. Se llama actividad económica (es un promedio) fruto del grado de orden-desorden (entropía, le dicen) y de los ingresos promedio (por sectores económicos). Una de las cosas que emergen -por ser de naturaleza quántica- es justamente cómo varían esos ingresos según la actividad económica general, y cuántos individuos pueden pertenecer a ese sector. Es muy útil por ejemplo para encontrar cuánto cuesta criar un hijo concebido naturalmente, uno adoptado por parejas normales y se ve lo caro que sale cuando la pareja no lo es.

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