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Otra vez los partidos políticos

Mi colega Alfredo Pastor escribió en el suplemento Dinero  de La Vanguardia el domingo pasado un artículo titulado “De vasallos a ciudadanos“. Era una queja sobre los malos señores (políticos) que hemos tenido en nuestra historia de buenos vasallos (él dice que somos buenos, aunque reconoce que también nos hemos maleado). Y echa la culpa a los partidos políticos, tema que ya he desarrollado en otras ocasiones.

Pastor señala algunas de las corruptelas del funcionamiento de nuestros partidos: la fidelidad al partido (a menudo, a una persona dentro del partido), más que al Estado o a las instituciones; la falta de transparencia de los partidos; su manejo de las instituciones y las organizaciones, públicas o privadas, como si fuesen patrimonio personal suyo… Y de ahí se derivan algunas consecuencias: la falta de respeto de los españoles por esas instituciones (porque, dice, seguimos pensando que el poder real está en manos de los individuos); el control de esas instituciones por la maquinaria de los partidos, para su servicio, no (o no solo, o no principalmente) para el de los ciudadanos y el país,…

Pastor acaba invitando a los españoles a convertirse de vasallos en ciudadanos, asumiendo las responsabilidades que esto lleva consigo. Me parece bien, pero no veo cómo un conjunto de vasallos se vaya a convertir en ciudadanos de la noche a la mañana, salvo que haya una revolución, lo que debe empezar por alguien que aporte las ideas que sean capaces de aglutinar a esos ciudadanos. Cuando los ingleses se encontraron ante la tiranía de la monarquía, tenían algo que defender y alguien que aportaba las ideas (los parlamentarios y, en definitiva, los pensadores políticos). Y me pregunto: ¿qué podemos querer defender los españoles ahora? (ahora defendemos el estado del bienestar, pero ese lo controlan ya los partidos y los políticos) Y, ¿quién propone ahora las ideas liberales de los pensadores de entonces?

En favor de la democracia

Peter Berger y Ann Bersntein escriben sobre ”The Freedom Consensus” en The American Interest (verlo aquí, en inglés). Se enfrentan con un argumento que oímos o leemos de vez en cuando: el capitalismo democrático ha fracasado, el autoritarismo chino es mucho más eficaz. Por tanto, abandonemos la vía democrática para el crecimiento.

Berger y Bernstein critican esta tesis, apoyándose en las experiencias de países como India, Brasil y Unión Sudafricana. De todos modos, sus argumentos son válidos también para nosotros. He aquí algunos párrafos:

  • “Las democracia jóvenes [todas las democracias, diría yo] han de persuadir, más que proclamar. Necesitan promulgar buenas leyes, y cumplirlas. Deben gastar los recursos públicos de forma moderada y no buscar la gratificación inmediata [otro buen consejo para todas las democracias]. Deben liderar con el ejemplo [otro]. Deben evitar las promesas y tareas demasiado ambiciosas, que inevitablemente desilusionarán [y otro]“.
  • “La democracia no debe juzgarse sólo por sus consecuencias económicas [un buen consejo para los economistas]; tiene valor por sí misma, porque se relaciona con el florecimiento de la libertad y de los derechos humanos [y esto vale también para los atropellos a la democracia en los países de más o menos raigambre democrática]“.
  • “La democracia asgura que el poder político y económico está disperso entre diferentes grupos de interés, en lugar de concentrarse en una elite”.
  • “Podemos atribuir la ganancia de inclusividad y la reducción de la pobreza en estos tres países [India, Brasil y Unión Sudafricana] a una combinación de elevadas tasas de crecimiento y a un gasto público orientado a formas de acción afirmativa y sistemas de cuotas, transferencias directas, gasto en educación y sistemas de salud de bajo coste [formas de redistribución, en general]. Pero el ritmo conseguido con esta forma de reducir la pobreza se debilita rápidamente. Después de conseguir los éxitos iniciales, los gobiernos no suelen poder seguir mejorando el bienestar de los pobres mediante la redistribución“. Porque, en definitiva, son los “altos niveles de inversión los que empujan la creación de ocupación y el crecimiento de la productividad”.