Archivo del Autor: Joan Fontrodona

Responsabilidad Social… Verbal

Hacia unos días asistí a una de esas presentaciones “motivacionales” en las que el orador, a partir de alguna experiencia personal o alguna situación extrema, propone algunas consecuencias y lecciones para la empresa.

La presentación -por el contenido y por la actuación del presentador-fue realmente buena. Lástima de… la frecuencia con que el presentador intercalaba en su discurso palabras -podríamos llamarles- malsonantes. Lo cierto es que ese caso no es una excepción. Tengo la sensación de que en los últimos años el uso de palabras que podrían sonar mal a los demás -incluso ofensivas- se está volviendo más frecuente, y que incluso nos estamos acostumbrando a oírlas… y a usarlas.

¿Es eso una forma de enriquecer el vocabulario –volviéndolo más cercano a la vida real? ¿O es una forma de empobrecer el vocabulario, rebajando la excelencia de la palabra a lo vulgar y soez?

palabrotas

 

Algunos colegas míos han trabajado el tema del uso responsable del lenguaje en aspectos concretos. Por ejemplo, en el uso de un vocabulario que no sea “sexista”. Pero, si queremos ser respetuosos con aspectos, como el género de las personas o la raza, ¿no deberíamos serlo también con otros aspectos, como por ejemplo, las convicciones religiosas, y restringir el uso de palabras y expresiones de origen religioso cuyo uso fuera de lugar puede herir las convicciones religiosas de las personas? ¿o evitar expresiones groseras que pueden herir la sensibilidad de la gente?

Hay culturas y entornos en las que el uso de palabras malsonantes es más frecuente que en otras. Todos lo habremos experimentado. A mi me sorprende, por ejemplo, el uso de tacos en las películas inglesas dobladas al español; sobre todo cuando, si escuchas la versión original –aparte de la sobreutilizada “f word”-, hay muchos menos tacos.

No niego que, de vez en cuando, un taco soltado a tiempo puede tener un efecto “liberador” -psicológicamente hablando- para quien lo emite, o “motivador” para quien lo escucha, pero cuando se vuelve habitual –incluso espontáneo, natural- deberíamos pensar si no hemos cruzado el umbral de la buena educación. En esta cuestión, como en tantas otras, hay escenarios claros sobre lo que es aceptable y sobre lo que no, pero hay una amplia zona de grises, en las que las cosas no están claras: ¿cuándo un lenguaje campechano se transforma en un lenguaje vulgar? Como la frontera no está clara, la recomendación, como en muchos otros temas, es evitar llegar a esa zona límite donde fácilmente se puede cruzar al otro lado; elevar el nivel de exigencia, para estar seguros de que alguien –con una sensibilidad distinta a la nuestra- no pueda sentirse molesto u ofendido por las cosas que decimos.

También es un aspecto de la responsabilidad asegurarnos de que lo que decimos –además de lo que hacemos- contribuye a crear entornos más respetuosos con las personas, incluso en esos pequeños detalles del tono de nuestras palabras.

¿Transparencia o cotilleo?

En esta época del año en la que las empresas empiezan a presentar los resultados del ejercicio pasado, no hay día en el que no nos enteremos de cuánto ha ganado el CEO de tal o cual empresa, y si es más o menos de lo que ganó el año anterior. Me pregunto: ¿es noticia lo que gana un alto directivo de una empresa?

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Alguien dirá que es un ejercicio de transparencia, y no le faltará razón. Pero la palabra transparencia tiene trampa, porque el concepto que tenemos de transparencia nos lleva a pensar que cuánta más transparencia, mejor. Bien pensado, esa ecuación no es del toda cierta. Nadie en su sano juicio aboga por una completa transparencia de todos y ante todos. Curiosamente, ¡si todo fuese cien por cien transparente, acabaríamos por no ver nada!

Si en vez de hablar de transparencia, hablamos de “veracidad” la cosa cambia. Vivir la virtud de la veracidad lleva a “decir la verdad a quien tiene derecho a saberla”. De este modo queda claro que la ponderación de lo que debe decirse viene determinada por quién va a recibir esa información y el derecho que tiene a saberla. Yo tengo que ser más o menos transparente –dejar pasar la verdad– dependiendo de quién es mi interlocutor, del contexto en el que esa interacción tiene lugar y del derecho que incumbe a la otra persona a saber algo de mí. Si un desconocido me para por la calle y me pregunta cuánto dinero tengo en mi cuenta corriente, nadie me acusará de falta de transparencia si le digo a esa persona que se meta en sus asuntos y no fisgonee en los míos.

¿Quién tiene derecho a saber cuánto gana el primer ejecutivo o los miembros del consejo de administración de una empresa? Seguramente sus accionistas. Por eso es conveniente que esa información se publique en la memoria financiera de la empresa. Pero de ahí a convertirla en noticia de la prensa diaria, hay un salto que no acabo de entender.

Otra cosa distinta es si se tratase de cantidades que pueden resultar desproporcionadas, y que merecerían un comentario por lo que tienen -cuanto menos- de falta de austeridad. Pero, cantidades que entran dentro de “lo normal” (y acepto que definir algo como “lo normal” es muy complicado) no deberían ser noticia. La transparencia debe vivirse unida a otras actitudes que protegen la intimidad y la privacidad; si no, acaba confundiéndose con el cotilleo.

Leía hace unos días el caso de una chica que envió un tweet refiriéndose en tono despectivo a un trabajo que iba a empezar al día siguiente. Al cabo de unas horas recibió otro tweet de quien la había contratado, diciéndole que no hacía falta que se presentase a su trabajo, porque estaba despedida. Ciertamente, la transparencia tiene sus límites.

Los anclajes de la felicidad

Me refería en un reciente post a la visita de Arthur Brooks, Presidente del American Enterprise Institute, para impartir una sesión sobre Capitalismo y Felicidad. Voy a glosar ahora algunas de sus ideas respecto a la felicidad en un plano más individual (ya que en el post anterior derivé a cuestiones más sociológicas), y que pueden encontrarse también en este artículo del New York Times y en el siguiente vídeo:

Imagen de previsualización de YouTube

Decía Arthur Brooks, apoyándose en estudios llevados a cabo por la psicología y la sociología, que el 48% de lo que cada uno entiende por tener una vida feliz viene dado por factores congénitos: aspectos biológicos, de temperamento y carácter, influencias familiares,.. Aun así, no podemos hablar de un “determinismo” de la felicidad, porque todavía hay un 52% que corresponde a otros factores. De esta parte, el 40% se explica por factores coyunturales y circunstanciales, muchas veces ligados a un acontecimiento concreto e irrepetible: vivir en tal o cual sitio, conseguir ese trabajo, hacer realidad ese sueño que habías tenido desde pequeño,… El 12% restante depende de las decisiones que tomamos, y, en buena medida, puede influir también en el 40% anterior, de modo que –bien mirado- está en nuestras manos el grado de felicidad que consigamos en nuestra vida.

Según Brooks, este 12 % se apoya en cuatro factores, que son la clave para conseguir una vida feliz: fe, familia, vida social y trabajo. Los dos primeros aspectos responden a una experiencia generalizada: nadie al final de su vida se arrepiente de haber pasado demasiado tiempo con su familia o de haber tenido una vida espiritual demasiado intensa; más bien lo contrario. También la felicidad tiene una dimensión social muy evidente: es muy difícil ser feliz aislándose uno en sí mismo; tampoco se arrepiente uno de haber pasado demasiado tiempo con los amigos (cosa distinta es que uno llegue a la conclusión de que se ha equivocado de amigos…). Por último, el trabajo, puede ser menos intuitivo. El trabajo entra en la ecuación de la felicidad, no si se entiende como un medio para conseguir dinero, poder, o reconocimiento social, sino como actividad valiosa en sí misma, que contribuye al desarrollo personal de quien la ejerce, y al desarrollo de la sociedad en la que se ejerce. Visto así, el trabajo, la profesión, tiene un sentido vocacional –como también han subrayado recientemente otros autores, como el profesor de Harvard, Rakesh Khurana, o un documento del Pontificio Consejo Justicia y Paz, y que, por cierto, tiene mucho que ver con la misión del IESE y el modo en que entendemos nuestro propio trabajo de formación de directivos. Llevar a cabo un trabajo con sentido contribuye a una vida feliz.

Aristóteles decía que la felicidad consiste en fomentar el conocimiento (Aristóteles tenía una visión un tanto intelectualista de la vida, que le llevaba a poner el ideal de conducta en la contemplación), en tener amigos y en un poco de suerte. Traducido a parámetros actuales, sería muy parecido a lo que nos propone Brooks. Otros autores, como John Finnis o Mortimer Adler, han hecho sus propios elencos de los bienes que componen una vida feliz. Todos estos autores, de una forma u otra, vienen a describir la felicidad como una combinación de distintos aspectos, que hay que saber escoger y combinar adecuadamente.

La felicidad no se puede reducir a una vida placentera. El placer es consecuencia de la felicidad, pero lo que importa no es el placer- que puede obtenerse como consecuencia de una vida feliz, o por otras maneras menos felices-, sino llenar nuestra vida de aquellas cosas que nos hacen felices.

Harvard_puerta

Pensando en como caracterizar una vida feliz, llena de sentido –como la que nos proponía Arthur Brooks-, me viene a la memoria una de las puertas de acceso a la Universidad de Harvard en la que en el dintel de la puerta hay una doble inscripción en piedra, de una frase que se atribuye a Charles S. Eliot, Presidente de esa universidad. En la parte de la entrada se lee: “Enter to Grow in Wisdom”. Del otro lado del dintel, camino de salida, se lee: “Exit to Serve Better Thy Country and Thy Kind”. Crecer en sabiduría, servir a tu país y a tus semejantes. Todo un programa de vida.

Entre la solidaridad y la subsidiariedad

Ayer tuvimos en el IESE la visita de Arthur Brooks, presidente del American Enterprise Institute, uno de los principales think-tanks de Estados Unidos. Hizo una interesante exposición sobre la felicidad, tomando estudios sociológicos y datos estadísticos, para describir qué cosas nos hacen felices. El debate posterior derivó en una reflexión centrada más en la política y en la gestión de la res publica, porque al final también según cómo se gestione una sociedad contribuirá a la felicidad de sus miembros.

Para Arthur Brooks la libre iniciativa es un factor que contribuye al desarrollo de las sociedades. Pero no debemos caer en un capitalismo salvaje que todo lo fíe al mercado, sino que es necesario un cierto poder político que asegure una protección mínima a los más desfavorecidos, por ejemplo en temas relacionados con la educación, la sanidad, etc.

Para que una sociedad –y eso ya son ideas mías– funcione de una forma justa, es necesario que se combinen adecuadamente dos principios básicos: el principio de subsidiariedad, que es un principio que se apoya en la libertad, y favorece la iniciativa privada, a todos los niveles de la sociedad; y el principio de solidaridad, que busca el bien común, y, como tal, da primacía al bienestar de todos frente al interés propio. Lo que hace más interesante y más complicado el tema es que en la práctica estos dos principios no pueden darse el uno sin el otro, si no queremos caer en reduccionismos igualmente dañinos para la convivencia social:

  • Cuando se da la subsidiariedad –es decir, la libertad y la iniciativa individual– sin solidaridad –es decir, sin pensar en el bien de todos–, se cae en un liberalismo egoísta, que fomenta el propio interés por encima de lo que es bueno para la sociedad.
  • Por el contrario, cuando se da la solidaridad sin subsidiariedad, es decir, cuando se da importancia al bien de todos a costa de negar la libertad de cada uno, se cae en posturas intervencionistas, donde quien tiene el poder es quien acaba determinando lo que es bueno para todos.

15M

Fijémonos, por ejemplo, en los distintos movimientos anti-sistema que han surgido a raíz de la crisis: “Occupy Wall Street”, “el 15-M”, Syriza, Podemos… Todos estos movimientos nacen de una reacción ante el funcionamiento del sistema económico que deja a una parte de la población fuera del sistema de bienestar (falta de solidaridad) por unas conductas individuales que ponen el bienestar personal y el interés propio por encima del interés colectivo (libertad mal entendida). Subsidiariedad sin solidaridad. La reacción de estos movimientos es la de crear un Estado más fuerte (negar la subsidiariedad) que tenga mayor capacidad de repartir los recursos entre todos  con especial protección de los más desfavorecidos (fomentar la solidaridad). Solidaridad sin subsidiariedadAunque estos movimientos en la parte crítica puedan tener mucha razón –y por eso atraen tanto descontento y malestar–, en lo que proponen están tan equivocados como aquello que critican, porque unos y otros tienen una visión negativa de la libertad individual: piensan que la libertad individual sólo puede usarse en beneficio propio. A los liberales ya les va bien, a los intervencionistas les molesta. Pero los dos están equivocados, porque la libertad individual (subsidiariedad) adquiere su sentido más pleno cuando se interesa por el bien de los demás (solidaridad)

Por eso –al menos, o también, desde el punto de vista ideológico– estos movimientos populistas  y anti-sistema no son alternativas realistas a un sistema que tiene mucho de criticable. Y la prueba de ello está en que cuando alcanzan el poder o se radicalizan (Venezuela), o se diluyen (¿Syriza?). La solución está en buscar un equilibrio entre subsidiariedad y solidaridad: libertad pensando en el bien de todos.

¿Somos todos iguales ante Hacienda?

Los que vivimos de una nómina lo tenemos muy claro. Para recaudar más dinero no hace falta subir los impuestos: basta con que Hacienda se asegure de que todo el mundo paga lo que le corresponde, según un mismo criterio. Por eso me ha alegrado leer esta mañana que en su Plan de Control Tributario de este año Hacienda pretende vigilar de cerca las sociedades instrumentales de determinados profesionales, que encuentran en estos mecanismos una forma de reducir significativamente los impuestos que pagan.

Hacienda

Este es un claro ejemplo de que, primero, la ética y la ley no siempre van en la misma línea; segundo, como consecuencia de lo anterior, que es bueno que la ley se acerque cada vez más a proteger lo que es ético y perseguir lo que no lo es; tercero, que la ley siempre puede ser interpretada de forma abusiva; y, por tanto, que es necesario velar para que la aplicación de la ley se ajuste al espíritu de la ley, y no sólo a la letra. Esta interpretación del espíritu de la ley es lo que los juristas clásicos llamaban “epiqueya”.

Las sociedades instrumentales son figuras legales que cumplen una función buena a la hora de, por ejemplo, limitar responsabilidades, gestionar el riesgo derivado de la actividad empresarial, o canalizar la financiación de una empresa. Pero, cuando estas figuras se utilizan con el único objeto de reducir los impuestos que una persona física debe pagar por razón de su actividad profesional, se puede estar traspasando la línea de aquello que siendo legal –en cuanto que cumple con la letra de la ley- empieza a no ser ético, porque se está tergiversando lo que el legislador buscaba con esa ley.

Muchos de estos profesionales que se acogen a este tipo de estratagemas suelen ser figuras de una cierta notoriedad pública -artistas, deportistas,…- , lo cual añade un factor de ejemplaridad importante, que les exige ser mucho más cuidadosos en su actuación, porque son referentes sociales, para lo bueno y para lo malo. Cierto que este factor de ejemplaridad puede mirarse también del otro lado: Hacienda puede poner el objetivo en estas personas porque “pillarlas” a ellas puede ser también ejemplarizante para todos los demás. Pero, sea cual sea la intención de estas medidas, si hay un uso fraudulento de las sociedades instrumentales, está muy bien que, quien garantiza la aplicación justa de la ley, lo persiga y penalice. A los que vivimos de una nómina y tenemos poca capacidad para ser creativos, nos hace sentirnos un poco más iguales.

Religión y violencia: vuelta a Ratisbona

Estos días se suceden noticias de linchamientos de cristianos en Irak. Puede ser bueno recuperar el discurso que Benedicto XVI pronunció en Ratisbona y que, en su momento, causó una gran polémica, por una referencia histórica sobre el comentario del emperador bizantino a la guerra santa y al uso de la violencia. 

Cristianos perseguidos

“La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma” dice Benedicto XVI, y, citando palabras del emperador, concluye: “No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios”. 

Razón y violencia se oponen. Y, por ello, la violencia no puede ser algo querido por ninguna religión , porque ninguna religión puede aceptar algo que sea irracional.

Eso vale para las atrocidades que vemos sucederse en el Oriente Próximo y también para otras atrocidades –más encubiertas– que ocurren en el mundo occidental. Este último punto estaba también en el discurso de Benedicto XVI, aunque la polémica oscureció el mensaje de fondo del discurso.

Este comentario me lo ha inspirado una entrada de un blog, en el que el autor se pregunta si, al final, no tendremos que reconocer lo acertadas que fueran las reflexiones de Benedicto XVI en Ratisbona.

¿Se puede limitar el derecho a la información? El caso Foley

La ejecución del periodista James Foley ha suscitado una discusión colateral sobre la oportunidad de poner límites a la libertad de información: si se deben emitir o no las imágenes de su ejecución (noticia sobre el tema en CNN: James Foley beheading video: Would you watch it?).

James Foley

James Foley

El tema es interesante, porque de modo natural asumimos que a los derechos no hay que ponerles límite, cuando en la práctica sucede más bien lo contrario: como vivimos en sociedad, y tenemos que compaginar nuestras acciones con las acciones de los demás, estamos continuamente cediendo y limitando nuestros derechos en función del bien común de la sociedad. Esto sucede desde casos tan sencillos como que yo limito mi derecho a circular por donde quiera y respeto unas normas de circulación, hasta casos mucho más extremos como este que nos ocupa. ¿Tiene la libertad de información algún límite? Pues claro. ¿Tiene el derecho de expresión algún límite? También. En este caso, lo que se plantea es cómo hacer compatible el informar de una noticia trágica, como el asesinato de una persona, con otros criterios como, por ejemplo, no hacer “publicidad gratuita” a los asesinos, la sensibilidad de los espectadores (que, por cierto, hoy en día parece haberse reducido sólo a la sensibilidad hacia la violencia, cuando hay otros aspectos del ámbito privado que merecerían también ser vividos con la misma discreción), el respeto a la dignidad de las personas, o evitar crear una sensación de pánico colectivo. No hay una máquina de calcular cuándo y hasta dónde debe limitarse un derecho en función de un bien mayor. Una vez identificados los criterios, queda siempre a la decisión prudencial de cada uno. No hay respuestas únicas ni automáticas; por eso es posible el debate. Pero es un primer paso que aceptemos que “no todo vale”, y que a veces decir “no” es también un acto positivo y libre.

El crecimiento a debate: ¿Se puede crecer sin crecer?

Esta semana estuve dos días en La Granja de San Ildefonso en una reunión a puerta cerrada para debatir sobre “nuevos significados y nuevos modelos de crecimiento”. La reunión marcaba la quinta edición de los “Diálogos en La Granja“, una iniciativa de mis amigos de “Quiero Salvar el Mundo Haciendo Marketing” en la que he colaborado desde los inicios.banner diálogos

La fórmula es un éxito asegurado. No hay más que pensar un tema interesante, reunir un grupo de gente con ideas y buen talante para dialogar (o sea, hablar y, sobre todo, escuchar), confiar la organización a gente con capacidad de gestión y atenta a los detalles, encontrar un lugar agradable donde reunirse, y ya está. Bueno, y si encima encuentras un sponsor, miel sobre hojuelas!

El lugar siempre es La Granja. Tener a José Luis Vázquez, su Alcalde, de anfitrión es todo un lujo. Y la organización es tarea de la Directora Técnica de Diálogos, Paz Ugarte. CVC Capital Partners creyó en nuestro proyecto y nos apoyó. Este año el tema que escogimos era el crecimiento. José Illana, el ideólogo de los Diálogos, es una marketiniano de los pies a la cabeza, y siempre tiene ideas geniales a las que los demás no podemos hacer otra cosa que asentir. Así que José resumió el objetivo del encuentro en esta pregunta: ¿se puede crecer sin crecer? 

Y allí nos tienes: dos días debatiendo sobre si se puede crecer sin crecer; o, dicho de un modo más rupestre, si podemos encontrar modelos de crecimiento que impliquen una gestión más eficiente y sostenible de los recursos. Conseguimos reunir un grupo muy heterogéneo de gente: algunos con planteamientos más macroeconómicos; otros con experiencias en propuestas alternativas; gente del mundo académico, otros con años en la gestión de empresas; directivos de empresas grandes, emprendedores, activistas. Todos un poco filósofos y con muy buen humor. Sandra y yo, que actuábamos de dinamizadores y moderadores del debate lo tuvimos muy fácil.

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Participantes en el Diálogos sobre crecimiento

Y ¿a qué conclusiones hemos llegado? Habrá que esperar todavía un poco. A finales de mayo haremos una presentación de las conclusiones. De momento parece claro que hay una cierta tendencia a buscar alternativas al modelo dominante, que se nota tanto en iniciativas de grandes empresas (sirva como ejemplo el programa “Sutainable Living” de Unilever, con el que pretende doblar ventas reduciendo su impacto medioambiental e incrementando el impacto social) como en modelos de negocio alternativos (ejemplos de la economía colaborativa, que están ganando usuarios).

Me quedo con una idea. Este debate y las propuestas que van surgiendo vuelven a poner en el centro de atención de la actividad económica y empresarial a la persona, en su integridad (no sólo vista en su función de accionista, o consumidor, o trabajador) y en su universalidad (nadie puede quedar al margen del crecimiento).

Contándole a un amigo lo que habíamos estado discutiendo estos días, me decía: “¿Crecer sin crecer? Los seres humanos tenemos una forma de crecer sin crecer: ¡amar!”. ¡Toma ya! Tendré que invitarle al próximo Diálogos.

El derecho a la fama

Cada vez que un personaje público acapara los titulares de los medios de comunicación por algún comportamiento cuestionable que ha tenido, por alguna denuncia o, simplemente, por algún chismorreo sobre su vida personal o profesional, se disparan las audiencias y se pone de manifiesto esa actitud tan humana de criticar al vecino, con o sin fundamento. Lo vemos –desgraciadamente- a diario.

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Eso me recuerda la importancia de un principio muy elemental de la convivencia social, que puede parecer muy simple –y un tanto iluso- cuando se ve en la teoría, pero que resulta muy difícil de vivir cuando se trata de ponerlo en práctica: todo el mundo tiene derecho al buen nombre .

Todos los seres humanos tenemos una dignidad innata, más allá de nuestras historias personales de éxitos y fracasos, de acciones éticas o cuestionables. Una consecuencia de esa dignidad está en el respeto que todo el mundo merece por parte de los demás. El derecho a la fama, al honor, al buen nombre lo merecemos todos los seres humanos, simplemente por el hecho de existir, y debe haber razones muy graves para que ese derecho pueda ser conculcado.

Ya sé que esta forma de razonar no está muy de moda. Más bien lo que se lleva hoy en la vida pública –y no tan pública- es la postura de que hablar de los demás es ejercer el derecho de expresión, más allá de que lo que se diga pertenezca al ámbito público o privado, o sea o no cierto. Eso sin entrar en el negocio que pueden generar esas habladurías (exclusivas, audiencias, u otros factores que se traducen en intereses económicos). Criticar es una forma de pasar el rato, y además sale gratis. Pero que sea un hábito más o menos generalizado no significa que esté bien.

Hay tres actitudes que dañan el derecho a la buena fama: la murmuración, la difamación y la calumnia .

  • La murmuración, que consiste en hablar mal de una persona ausente, acerca de cosas que tanto el que habla como quien escucha conocen, pero que no tienen necesidad de comentar. Es esa experiencia tan común de una reunión de la que nadie quiere marcharse primero, porque sabe que en cuanto se haya ido empezarán a hablar de uno.
  • La difamación, que consiste e en contar cosas malas de alguien, que está ausente, y que los que escuchan no conocen, y que no hay por qué decirlas aunque sean ciertas.
  • La calumnia, que añade un grado más de gravedad, porque consiste en decir, “con mentira”, cosas malas de alguien que no está presente, para perjudicarlo. Cuantas veces se publica una noticia en la prensa contando alguna actuación cuestionable, que tiempo después se demuestra que fue falsa; y así como el escándalo ocupó la portada, la rectificación –si sale- se coloca en un sitio inadvertido.

En ocasiones no habrá más remedio que permitir que una determinada acción cuestionable sea pública y dañe al honor de quien la ha cometido, pero no debería ser esta la actitud generalizada. No se trata de que prevalezca el principio de “difama o calumnia, que algo queda”, sino el principio de que “hasta los ladrones tienen derecho al buen nombre ”.defamation

Esa actitud no sólo es respetuosa con la dignidad que todas las personas tienen, sino que contribuye a un clima social más sano y saludable. Las maledicencias, en todas sus formas, destruyen la confianza , provocan distorsiones en la información, generan dinámicas negativas, divisiones y peleas.

Esta actitud es compatible con poner los medios para que no se cometan acciones que no son éticas, o que quien hace algo que está mal pague por ello. Aquí estamos viendo el problema desde el otro lado, y, visto desde el otro lado, que alguien haya cometido una acción inmoral no nos da a los demás el derecho a generalizar a partir de una acción concreta, descalificando a esa persona de por vida, ni a convertirlo en objeto de nuestros comentarios. Con mayor motivo si no sabemos si esas acusaciones son ciertas, o sabemos que son falsas.

Algunas pautas de conducta que nos pueden ayudar a respetar mejor ese derecho a la buena fama:

  1. Intentar hablar siempre bien de alguien; y si no, callar. Hay para ello un criterio muy práctico: “si la persona en cuestión oyese o leyese lo que estamos diciendo de ella, ¿se sentiría cómoda?”. Todos tenemos experiencia de e-mails “inoportunos” que han ido a parar a destinatarios mencionados en los mismos.
  2. Cuando uno tenga que juzgar, intentar ser equitativo. A veces no tendremos más remedio que juzgar sobre la conducta de alguien y compartir ese juicio con otras personas. Cuando nos pongamos a hacer una lista de cosas malas, tengamos también la delicadeza de hacer una lista de cosas buenas.
  3. Capacidad de perdonar o de olvidar. Reconozcamos que nadie es perfecto, y que todos podemos cometer alguna acción que no es correcta . El cerebro tiene un mecanismo de defensa frente al exceso de información que recibe: pierde información. El olvido es menos “elevado” que el perdón, pero puede ser igualmente efectivo. Hay cosas de las que es mejor olvidarse: no llevar una lista de agravios, no reprochar siempre las mismas cosas. Todo el mundo tiene derecho a rehacer su vida, y no llevar a cuestas hechos de su vida pasada . Las nuevas tecnologías no nos hacen un buen servicio a este respecto: permiten que los sucedidos se recuerden más tiempo de lo que sería humanamente razonable.

El respeto al buen nombre quizás haga sociedades menos “divertidas”, pero, desde luego, contribuye a crear entornos más respetuosos.

[una versión más corta de esta entrada fue publicada en inglés en el blog del Departamento de Etica]

La empresa: ¿un lugar de tortura?

El Financial Times de este fin de semana publicaba un comentario sobre tres libros que hablan de la visión que tenemos de la empresa. El título es significativo: “Prison or Sanctuary?”. A lo largo del tiempo no sólo ha cambiado el sentido que tenemos de lo que es el trabajo y la empresa, sino incluso la disposición física de los edificios y los lugares de trabajo.

Me ha recordado una comparación etimológica que suelo hacer para visualizar cómo entendemos lo que es el trabajo y lo que es la empresa. Etimológicamente, trabajo viene de una palabra latina “tripalium”, que era un instrumento de tortura en la época del imperio romano. O sea, para muchos, el trabajo es una tortura, y, en consecuencia, la empresa es el lugar donde nos torturan . Con una visión así, es muy difícil que la gente valore el trabajo como algo positivo; es muy difícil pedirle a la gente que se emocione con su trabajo, que se sienta implicada con su empresa, si la empresa es el lugar donde me torturan.

tortura

Pero tenemos otra etimología que nos puede dar una posible salida. Hay otra palabra latina “laborare” que también tiene relación con el trabajo: laboral, como adjetivo en español, labor o laboro en otros idiomas. Laborare significa arar, cultivar la tierra. Con este sentido, el trabajo es la ocasión que tenemos para cultivar la propia vida y hacer que dé todos los frutos de los que es capaz . Esta es una visión más positiva del trabajo: el trabajo no consiste sólo en hacer cosas, sino en hacernos a nosotros mismos y a los que trabajan con nosotros . La empresa es el lugar donde nos hacemos; la empresa es la ocasión que se nos da para realizarnos y para contribuir a la realización de todos los que con ella se relacionan . Con esta visión podemos esperar que la gente se sienta implicada en una tarea que tiene como objeto central a la persona.

crecimiento

Las personas somos sujeto y objeto del trabajo; su origen y su finalidad . Las empresas no son más que uno de los modos posibles de articular ese trabajo. No es el trabajo un medio para la empresa, sino que la actividad empresarial es un medio para el trabajo . No es el desarrollo humano un medio al servicio de la eficiencia económica, sino la eficiencia económica un medio para el desarrollo humano. La empresa no es ni una prisión ni un refugio; es el terreno en el que cada uno de nosotros nos podemos desarrollar  (“flourish” en ingles: florecer), llegar a ser todo aquello que somos.

Un Código de Ética para el Marketing

Hace unas semanas me invitaron a intervenir en la presentación del Código Ético de la Asociación de Marketing de España, que ha sido elaborado por los buenos amigos de Quiero Salvar el Mundo Haciendo Marketing.

Presentacion Codigo Etico MKT

Puede parecer –así de entrada– que la palabra “código” no es precisamente una palabra que tenga un buen “marketing”. El código lo asociamos a reglas, normas, imposiciones, límites… Cosas, todas ellas, que “venden” poco. Pero también nos hacen falta códigos para entendernos, para relacionarnos… Los códigos facilitan la convivencia, porque nos ayudan a entender las coordenadas en las que se espera que nos movamos, hablemos o actuemos.

Los códigos de conducta –como cualquier otro marco legal– no deben verse sólo como un conjunto de regulaciones que limitan la acción. Las leyes –y los códigos– tienen, sobre todo, una función educadora, de apoyo a la buena conducta . Nos orientan en nuestras acciones; nos ayudan a mejorar nuestra actividad profesional y, a través de ella, a mejorar el entorno en el que trabajamos. Hay que verlos como una fuente inspiradora y alentadora de buenas prácticas.

La existencia de un código no asegura por sí sola que la gente vaya a actuar bien  y que no vaya a haber conductas contrarias a los principios que promulga. Pero sí asegura, a quienes en situaciones conflictivas quieren atenerse a esos principios, que encontrarán en el código un apoyo y una salvaguarda de su intención de actuar conforme a unos estándares éticos. Un código es un salvoconducto frente a presiones por los resultados a corto plazo y a cualquier precio .

Redactar e implantar un código ético para que sea eficaz

Los códigos pueden redactarse de muchas maneras. Algunos serán más inspiracionales: relativamente cortos; proponen grandes principios de conducta, cuya ejecución se deja a la buena discreción de cada uno. Otros serán de un carácter más “disciplinario: más detallistas; enumeran lo que se puede y, sobre todo, lo que no se puede hacer en relación con distintos aspectos de la actividad de la empresa.  En unos casos y en otros es bueno que los códigos se complementen con una serie de políticas y procedimientos  que den al código una estructura mínima de implantación. Sin ese esqueleto –y sin la voluntad de hacer cumplir lo que el código señala–, acaba convirtiéndose en papel mojado y provocando una reacción contraria a la buscada.

Los códigos profesionales son una buena iniciativa para mantener un control sobre las prácticas del sector, para disminuir los efectos negativos –en términos de reputación– que puedan conllevar las malas actuaciones, y para impulsar, a través de los principios que los inspiran, el clima ético de la sociedad en su conjunto.

codigo_etico

Por todas estas razones debemos dar la bienvenida al Código Ético de Marketing. En su momento, el código de la American Marketing Association se convirtió en un clásico de los códigos profesionales y un referente para otras iniciativas. Ojalá el Código de la Asociación de Marketing de España cumpla el mismo papel. Y que otras muchas entidades profesionales se animen a seguir su ejemplo.

 

La ética no es una nota a pie de página

Algunas veces leyendo textos de gente bien intencionada tengo la impresión de que, en términos generales, se tiene una visión muy limitada de la ética. Algo así como si la ética fuese “no hacer cosas malas” y nada más: una vez asegurado que no hacemos nada malo, ya nos podemos dedicar a otras cosas. La ética tendría como única función establecer unos límites que no deben traspasarse, pero ahí acabaría su función.

La ética sería algo así como un gendarme, que vigila las fronteras; o un viejo cascarrabias que va recordándote siempre lo que no puedes hacer. Una visión así de la ética, desde luego, no emociona ni motiva a nadie.

La ética no debe verse como un policía que nos impide el paso

La ética no debe verse como un gendarme que nos impide el paso

El paradigma de esa visión, en el mundo académico, es el clásico artículo de Milton Friedman, “The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits”, publicado en el dominical del The New York Times, el 13 de septiembre de 1970 (no habrá habido un artículo de un dominical más famoso que éste). Friedman acaba su artículo citando un texto de su libro “Capitalism and Freedom”:

“hay una y sola una responsabilidad social de la empresa –usar sus recursos y dedicarse a actividades diseñadas para incrementar sus beneficios siempre que sea dentro de las reglas del juego, es decir, en una competición abierta y libre sin engaños ni fraudes” [traducción mía]

Friedman tenía muy claro que la empresa debía desarrollar su actividad dentro del respeto de las leyes y costumbres de su tiempo y de la sociedad donde actúa. No se trata de enriquecerse a cualquier precio; hay límites que no hay que traspasar: no se puede engañar, no se puede defraudar,…

Actuar de acuerdo con esta norma de conducta ya es un gran avance. El mundo iría mejor si todo el mundo cumpliese con unos mínimos éticos, y la gente y las empresas no estuviesen dispuestas a mentir, engañar, defraudar,… por llevarse contratos, realizar ventas, generar valor,… Pero, ¿es eso todo?, ¿se acaba ahí la ética?

Para Friedman y los que piensan como él la ética no tiene nada más que decir una vez ha marcado esos mínimos que deben cumplirse: “Vale. Ya te hemos escuchado y te hemos hecho caso. Ahora, déjanos tranquilos, que tenemos otras cosas más importantes en las que pensar”. Para ellos, la ética es una nota a pie de página, un “disclaimer” para protegerse de quejas y reclamaciones.

Pero la ética es mucho más que esto. El gran principio de la ética es: “Haz el bien”. Efectivamente, “evita el mal” es una consecuencia de ese primer principio; pero lo importante no es “evitar el mal” sino “hacer el bien”. La ética no es un gendarme que nos controla; es más bien un “personal trainer” que nos anima y nos empuja a hacer las cosas cada vez mejor. A la ética no le interesa discutir entre lo que está bien y lo que está mal (aunque esto es lo que provoque más morbo), sino entre lo que está bien y lo que puede estar mejor.

La ética es un personal trainer que nos aydua a mejorar nuestro rendimiento

La ética es un personal trainer que nos aydua a mejorar nuestro rendimiento

Cuando la ética se percibe así, de pronto se ve toda su grandeza y todo su atractivo; y, al mismo tiempo, toda su utilidad práctica. La ética no es una nota a pie de página, sino que está en el centro del discurso; no es un disclaimer, sino que tiene toda la fuerza de la argumentación. La ética no limita la acción sino que promueve la creatividad: “¿Qué más podemos hacer que sea mejor y que nos haga mejores?”

Hace unos días Alain de Botton publicaba un artículo en el Financial Times en el que proponía que los filósofos debían tener un sitio en los consejos de administración de las empresas, y utilizaba argumentos semejantes. La pregunta sobre qué hace que una vida pueda considerarse una vida buena no está tan lejos de la pregunta sobre cómo satisfacer las necesidades de la gente. La ética –entendida desde esta forma positiva- ayuda a enfocar los problemas desde una perspectiva nueva:

“Con una adecuada perspectiva filosófica respecto a las necesidades de los consumidores, las empresas pueden empezar a ver nuevas oportunidades de mercado, en vez de limitarse a jugar con márgenes, salarios y logísticas” [traducción mía]

Ahora que empezamos un nuevo año, propongámonos metas altas. No nos conformemos con cumplir unos mínimos; no pongamos nuestra lucha en los límites de lo que está bien o está mal, de lo que es legal o ilegal. Demos estos mínimos por garantizados, y pongamos nuestras energías en cómo hacer mejor las cosas, y, sobre todo, en cómo hacer cosas mejores.

[Una versión en inglés de este artículo fue publicada en el blog del Departamento de Etica del IESE]