(Moscú, 9 de junio de 1672 — San Petersburgo, 8 de febrero de 1725)

Pedro I el Grande es para la historiografía moderna uno de los personajes reformistas más importantes de Rusia, que consiguió, usando el poder y también la fuerza que le otorgaba el cargo, transformar una nación atrasada y medieval en otra que estaba cerca de las modernas monarquías europeas occidentales. Reorganizó la administración del Estado, reformó el ejército y modernizó la incipiente industria ampliando las posibilidades de la economía.  Todo esto provocó que la población fuera abandonando sus viejas costumbres y adoptara las modernas formas, que estaban enraizadas en la Europa ilustrada del siglo XVIII.

La larga lucha por conseguir el trono
Pedro Alexéievich, conocido como Pedro el Grande, nació el 4 de junio de 1672 en Moscú. Hijo del zar Alejo Mijáilovic y de su esposa Natalia Narishkina, Pedro era el más pequeño de una extensa familia y miembro de la dinastía Romanov. En el año 1682, con diez años, fue proclamado Zar de Rusia, tras la muerte de su hermano Teodoro III, a la prematura edad de 20 años. Su ascenso fue apoyado por una facción política: los Narishkín, que estaba constituida en su gran parte por los Boyardos, que eran nobles rusos. Esta circunstancia provocaría problemas porque la facción Miloslavski, junto con otro influyente y poderoso grupo militar de los Strelsí, tenían deseos de colocar en el trono que a Iván V, hermanastro de Pedro El Grande. Esta disputa, que amenazaba con generar una guerra civil, fue solventada de una forma provisional con la regencia de Sofía, hermana de Iván. Esto provocó que tanto el futuro Zar Pedro como  su madre fueran apartados de la Corte y de los centros de decisión política. De esta forma, Sofía pudo gobernar toda Rusia sin trabas y problemas a lo largo de los siete años que duró la regencia, aunque su estrella se fue apagando y perdió sus apoyos cuando fracasó sucesivamente en los intentos de conquistar Crimea.

Durante un destierro que duró doce años, Pedro no permaneció ocioso. Mientras preparaba su vuelta al poder mejoró su formación intelectual y militar. Se interesó por los avances científicos que traían los extranjeros que vivían en Moscú. Pasó mucho tiempo entre ellos para aprender sus lenguas y, sobre todo, conocer los últimos adelantos,  con el objetivo de aplicarlos a una Rusia que parecía tan atrasada científica y culturalmente.

Por otra parte, un futuro Zar tenía que ser un excelente militar, porque debía mandar al ejército y estar con los soldados en los campos de batalla. La formación para la milicia era imprescindible y dentro de sus posibilidades. Pedro fue adquiriéndola con esfuerzo y dedicación. Cuentan los historiadores que pasaba horas construyendo barcos para utilizarlos luego en batallas navales simuladas. Parecía que no le importaba que otros gobernaran en su nombre.

Cuando la zarevna Sofía comenzó a perder el apoyo de sus partidarios y del pueblo, que no perdonaban los fracasos de las campañas militares, Pedro y sus partidarios pensaron que había llegado el momento de hacerse con el poder. En el verano del 1689 dieron un golpe de estado para echar a Sofía y comenzar a reinar y a ocuparse de los asuntos de políticos. Pero fracasó y Pedro se vio obligado a recluirse en un monasterio, donde poco a poco fue sumando adeptos. Desde allí logró que Sofía fuera depuesta y que él e Iván se convirtieran en los zares. Sin embargo, su madre ejerció la regencia hasta que murió en 1694, cuando consiguió la plena autonomía para ejercer su oficio como Zar junto con Iván. Pero el destino reservaba otras sorpresas, y dos años más tarde Iván murió y Pedro el Grande se convirtió en  el único Zar de toda Rusia.

Un zar moderno y comprometido con el progreso
Rusia estaba sumida en el atraso y en el aislamiento. Seguían vigentes los comportamientos propios de la Edad Media y del más brutal feudalismo. Las reformas eran urgentes y necesarias así que, pese a la oposición interna que encontró, se dispuso a introducir cambios sociales, económicos, administrativos y militares. En este proceso no admitió discrepancia ni dilación alguna. Era su gran proyecto de gobierno y debía llevarse a cabo a pesar de que suponía que muchos estamentos perdieran poder e influencias.

Durante los años de formación advirtió que Rusia tenía bloqueada sus salidas al mar. Por el Norte, no podían comerciar con otras naciones porque el Mar Báltico estaba dominado y controlado por Suecia. Por el Sur, por el Mar Negro,  el Imperio Otomano controlaba todas las rutas. Así que para el crecimiento de la economía se necesitaba abrir una salida al mar segura por ambos puntos cardinales. Después de pensar el plan, Pedro decidió que era más factible conseguir su objetivo por el Mar Negro y lanzó un ataque contra el puerto de Azov en el verano de 1695, pero la mala preparación de la campaña y la baja moral del ejército decidieron la contienda a favor de los otomanos, que conservaron sus posiciones.

El zar  aprendió de este desastre y durante el invierno logró construir una gran flota que le sirvió para conquistar Azov en julio de 1696. Dos años después pudo afirmar que dominaba el Mar Negro. Esta victoria generó un sentimiento de revancha en el Sultán Otomano y, por tanto, un estado latente de guerra, que en cualquier momento podía estallar, tal como sucedió años después.

Pedro el Grande sabía que no tenía un ejército capaz de hacer frente a los turcos. Rusia no podía enfrentarse en solitario a un imperio tan poderoso porque más pronto que tarde caería bajo su dominio. Necesitaba que otros países de Europa apoyaran su política y fueran sus aliados en caso de una confrontación bélica.

La mejor manera de convencer a unos extraños de un plan concreto y de conseguir aliados es entrevistarse directamente con los interlocutores. Con este objetivo, el zar inició un viaje por Europa para visitar los siguientes países: Francia, Alemania, Países Bajos, Suecia, Inglaterra y Austria. Estableció contactos diplomáticos en Alemania del Norte, Holanda, Inglaterra y Viena, pero  no consiguió el objetivo que perseguía: formar una alianza contra los turcos.

Sin embargo, aprendió mucho de las formas de vida, la economía y la política europeas. Tuvo la oportunidad de trabajar en astilleros ingleses y holandeses, donde le enseñaron las más modernas técnicas de construcción de barcos. Vio cómo se organizaba un ejército moderno y conoció las fábricas de armas y de artillería pesada. En este sentido, el viaje fue muy instructivo. El Zar  comprobó que las reformas se podrían llevar a cabo, pero que exigían tiempo y dedicación.

La estabilidad en el trono y las reformas
En Rusia se había extendido la idea de que el zar iba a cambiarlo todo. Una facción del partido más nacionalista ruso se sublevó en 1698 contra la política reformista, lo que provocó que Pedro el Grande tuviera que acelerar su vuelta a Rusia y suspender su viaje por Europa. Los problemas políticos exigían su presencia. Pedro aplastó la revuelta y se reafirmó en su proyecto de buscar por todos los medios la forma de modernizar la nación Rusa, tomando como modelo a las naciones europeas occidentales.

El viaje a Europa convenció al zar de que había costumbres que debían imponerse en Rusia con el fin de transformar la sociedad anclada en un pasado que ya no tenía nada de glorioso. Entre las reformas más importantes de Pedro el Grande se encuentran la creación del Santo Sínodo, que aseguraba la separación entre la iglesia y el Estado, y  la ampliación del número de contribuyentes mediante la recaudación de los impuestos por parte de los varones de cada familia. También estableció una división provincial del territorio, que a su vez se subdividieron en distritos y cantones, que fue el primer paso para establecer una sociedad completamente estructurada. Impuso los monopolios sobre la sal, el tabaco, la resina y la potasa; y estimuló la iniciativa privada con la ayuda estatal. Además, fomentó el desarrollo industrial en los Urales,  en los sectores minero y metalúrgico.

Estas reformas económicas ayudaron a Pedro el Grande a sostener su agresiva política exterior, que exigía muchos recursos y grandes esfuerzos a económicos a los rusos. Sin embargo, todos estos cambios se realizaron como fruto de un gobierno absolutista, con formas autoritarias, y una actitud y modos de actuar que no fueron aceptados ni por una aristocracia que veía cómo se esfumaban sus privilegios ancestrales, ni por un pueblo que percibía que los cambios no les generaban beneficios algunos. Se vio obligado a soportar graves sublevaciones y disturbios. En el ámbito militar, Pedro el Grande impuso la leva obligatoria para conseguir un ejército estable y adiestrado. Su trato con la nobleza fue reservado, distante y desconfiado, porque la consideraba un lastre para la modernización de Rusia y sabía que no podía apoyarse en este estamento para  llevarla hacia la modernidad.

Entre las reformas más radicales  destacan las que afectaban a las costumbres de la población. Por ejemplo, se obligó a que los hombres se cortaran la barba porque en su viaje por Europa había visto que los hombres de Estado, los grandes políticos y empresarios no solían llevar barba y cuidaban su aspecto externo. Impuso que aquel que deseara seguir luciendo una barba copiosa tendría que pagar un impuesto anual de 100 rublos, una cantidad elevada. Las mujeres debían quitarse el velo que cubría la cara y  asistir a las reuniones sociales con el ánimo de aprender, participar activamente en las discusiones y seguir los modos y costumbres europeas. Es decir, que la mujer rusa debía de abandonar su status de sumisión absoluta y total al poder del hombre y comenzar a tener una cierta autonomía.

Los éxitos en el Báltico
Pedro el Grande pronto se dio cuenta de que la conquista del Báltico abriría las puertas a Rusia para mantener un intercambio económico, político y cultural fluido y permanente con las naciones occidentales europeas. Para realizar el proyecto sabía que tenía que enfrentarse con la potencia hegemónica que controlaba la zona: Suecia, que además contaba con aliados importantes y muy interesados en el control del Báltico, como Polonia y Dinamarca. Estas dificultades no arredraron a Pedro el Grande, que inició un conflicto que se prolongó hasta 1721, conocido en Rusia como “Guerra del Norte”, y que supuso su consagración como zar.

Las hostilidades comenzaron con el siglo XVIII, en 1700, cuando los rusos sufrieron una gran derrota en el puerto fluvial de Estonia, que consiguieron dominar cuatro años después. Desde esa cabeza de puente lograron conquistar los territorios dominados por Suecia y sus aliados Ingria, Carelia, Estonia y Livonia, y consiguieron  una importante y decisiva victoria en la batalla de Poltava, donde el invencible rey Carlos XII de Suecia fue derrotado en 1709.

Estos éxitos permitieron que Rusia lograra asentarse en el Báltico Oriental y conquistar Riga, Reval y Viborg. Tras la decisiva victoria de Poltava en 1709, la guerra continuó con nuevos éxitos de los ejércitos rusos. Finalmente, Pedro el Grande hizo firmar a sus enemigos el Tratado de Nystad en 1721. Rusia se quedó con todos los territorios conquistados del Báltico y Pedro I se ganó el sobrenombre de “El Grande”, con el que se ha identificado desde entonces. Los éxitos del norte contrastaron con los fracasos en el sur, donde los rusos fueron derrotados  en el Prut por los turcos, perdieron Azov y todo el territorio anteriormente conquistado y, por consiguiente, la salida al mar Negro. Pedro I no quería firmar la paz, pero su mujer Catalina le convenció de que era mejor una paz que seguir sufriendo reverses que pondrían en peligro su permanencia en el trono.

Después de las campañas del Báltico y su decisiva victoria, Pedro el Grande fundó San Petersburgo y destinó grandes recursos a su construcción y embellecimiento para convertirla en una ciudad emblemática de la nueva Rusia con la que soñaba el Zar. Imitó a otros países europeos y favoreció la instrucción pública y creó los primeros institutos superiores, como la Escuela Politécnica y la Academia de Ciencias, que se asentaron en la nueva ciudad. San Petersburgo se convirtió en un importante centro cultural, símbolo de la modernidad que Pedro el Grande quería, y doce años después se erigió como capital de Rusia.

La construcción de San Petersburgo requirió un grandioso esfuerzo económico y la participación de unos cuarenta mil trabajadores que se vieron obligados a soportar unas duras condiciones climáticas. Muchos de ellos murieron sin ver concluida la obra. Durante el largo proceso de construcción de San Petersburgo, se prohibió iniciar o continuar cualquier otra obra en toda en Rusia. Para convertir la ciudad en un centro económico y político de primer orden, el zar obligó a todos los hombres ricos a construirse una casa de al menos dos pisos por familia.

Los éxitos en la política interna y en el exterior se vieron empañados por los conflictos familiares. En el año 1718, Pedro el Grande se vio forzado a condenar a muerte a su hijo y heredero Alexis, acusado de traición al haberse convertido en el líder de la oposición formada por la aristocracia conservadora rusa que intentaba bloquear y retrotraer el proceso de reforma del zar.

Consolidada la posición hegemónica en el Báltico, Pedro el Grande decidió conquistar parte de los territorios de Persia que eran colindantes con Rusia, durante los años 1722 y 1723. Su dominio se extendió desde Bakú a Derbent, y consiguió la cesión de las provincias ribereñas del Mar Caspio que era una gran fuente de riqueza y recursos naturales.

Después de vivir una vida plena, entregada a la modernización de Rusia, y de haber  fundado un auténtico imperio que dominaría el Oriente de Europa, Pedro el Grande murió en San Petersburgo, ciudad que encarnaba todos sus sueños, un frío 8 de febrero de 1725. Le sucedió su esposa Catalina I: Rusia era gobernada por primera vez por una mujer.

Sus enseñanzas para la empresa familiar
Pedro I el Grande, pese a sus defectos y sus modos autoritarios propios de los monarcas de la época, nos enseña que cuando se tiene un proyecto de vida y unos sueños hay que poner en juego todos los medios necesarios para conseguirlos. No renunció a ninguna de sus aspiraciones y propósitos pese a las muchas dificultades que tuvo que superar y las trabas que encontró entre los miembros de su propia familia
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Falló en el proceso de sucesión porque no tenía ningún hijo que asumiera la responsabilidad de gobernar una Rusia moderna. Se tuvo que hacer cargo su esposa, a quien muchos consideraban una extranjera. Los requiebros de la Historia nos ofrecen un hecho insólito: el sucesor de Catalina I fue Pedro II, hijo del zarévich Alexis, primogénito de Pedro el Grande que fue condenado a muerte por su padre. Por tanto, la generación que fue privada de ejercer el poder mientras Pedro el Grande vivía, lo disfrutó cuando la generación precedente se extinguió.

Pedro I el Grande es un ejemplo de cómo sustituir una estructura obsoleta e ineficiente por otra más dinámica y eficaz. Supo ampliar los territorios de Rusia para que ésta dispusiera de más recursos y más medios para mejorar su actividad económica y conseguir la estabilidad política.

Los cambios en las empresas familiares nunca son fáciles, pero hay que saber llevarlos a cabo con la complicidad de los implicados,  mediante una comunicación fiel y verdadera de los propósitos y mucha prudencia. Nunca se consigue el éxito en el primer intento, como le ocurrió a Pedro I el Grande en los frentes del Mar Negro y del Báltico, sino después de mostrar que el cambio es posible, necesario y mejor que la situación acomodaticia en la que viven muchas empresas familiares. Para cambiar una estructura es necesario contar  con todos los miembros de la familia, con los que trabajan en la empresa y con los accionistas, así como los stakeholders. Las reformas no se pueden consolidar sin un amplio consenso y el reconocimiento de que la nueva situación y la nueva estructura son mejores y más eficientes que las antiguas.

 Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.

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