El liderazgo no es carisma, es trabajo duro

Muchas veces confundimos líder carismático con líder eficaz, cuando ambos rasgos no siempre van de la mano. Existen numerosos líderes políticos carismáticos que han arrastrado a la sociedad a auténticos desastres históricos. Y también hay muchos líderes silenciosos poco conocidos que son capaces de ganarse el compromiso de su gente y logran auténticas proezas.

Como explica Peter Drucker en el libro Drucker esencial (Editorial Edhasa), el liderazgo eficaz no tiene que ver con el carisma sino con el desempeño. Se puede tener mucho carisma y ser absolutamente ineficaz y, al contrario, se puede ser muy eficaz y carecer de carisma por completo. El carisma, por sí solo, no garantiza la eficacia del líder, asegura Drucker. Eso no significa, por supuesto, que no pueda haber líderes eficaces y carismáticos, que también los hay. Simplemente, ambas características no tienen por qué ir unidas.

No todos los buenos líderes son carismáticos, pero sí suelen tener algo en común: el trabajo duro. Un buen líder entiende el liderazgo como una responsabilidad más que como un rango de privilegio, según Drucker. Y esto es algo que las empresas familiares saben muy bien: la mayoría de sucesores sienten el peso del legado desde bien jóvenes y cuando llega el momento de tomar el mando lo hacen con orgullo pero también conscientes de la responsabilidad que conlleva dicho traspaso.

Trabajando duro y con hechos y coherencia es como el líder consigue ganarse la confianza de su equipo. Predicar con el ejemplo o leading by doing, como dicen los anglosajones, es la mejor manera de inspirar a los colaboradores e impregnar toda la organización con el estilo de liderazgo deseado.

Porque, al final, todo buen líder sabe que se debe a su equipo. Son muchas los empresarios familiares que están convencidos de que su empresa vale lo que valen sus empleados. Saben que ellos son el verdadero motor del negocio: sin su compromiso, la empresa carece de futuro. Por eso cuidan de su gente, su principal activo, y así consiguen ganarse no solo su confianza sino también su lealtad. No es extraño encontrar varias generaciones de una misma familia que han trabajado para la misma empresa familiar sin tener ningún lazo de parentesco con los propietarios.

El buen líder no teme el éxito de sus colaboradores, sino que les anima a buscarlo y se alegra de sus triunfos, que siente como propios. Por eso se rodea de gente competente y brillante, busca a los mejores y consigue que le sigan. Porque, como dice Drucker, “un líder es alguien que tiene seguidores” y es capaz de crear ilusión. Y añado: también es capaz de arrancar compromiso en los demás a través de su autoridad, no de su poder.

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