- Nuria Chinchilla: valores y ecología humana - https://blog.iese.edu/nuriachinchilla -

La necesidad del Silencio

Como muchos ya sabéis, mi hija está en Pamplona estudiando tercer curso de Medicina en la Universidad de Navarra, pero su vocación real es a la filosofía. Como ella dice, “la filosofía es mi oxígeno”. Por eso asiste a algunas asignaturas en esta Facultad con grandes maestros como Jaime Nubiola, Rafael y Alejandro Llano.

En la última carta que envió a mi madre, adjuntó un artículo que había escrito para uno de estos profesores. Me sorprendió muy gratamente y me hizo pensar. Por eso quiero compartirlo con vosotros.

EL SILENCIO  – Mª NURIA FERRER-CHINCHILLA

Callar, ¡qué hermosa expresión! A menudo nos arrepentimos de haber dicho una palabra de más o haber mediado una discusión con gritos. Cuántas cosas bellas nos regala el silencio y qué poco le permitimos la entrada en nuestras vidas.

El ruido de la sociedad actual nos impide meditar acerca de las cosas importantes de la vida. Debemos buscar momentos de recogimiento para disfrutar de la estancia en este mundo temporal. Nos admira el sabio capaz de perderse en su reflexión, mientras busca en las vivencias pasadas una conexión con algo que le ha venido a la mente.

El silencio es algo magnífico: somos capaces de expresar tantas cosas con él y, a la vez, disfrutar verdaderamente del mundo. Una simple mirada, un silencio entre dos enamorados que se llenan plenamente con la contemplación del otro. Maravillarse en una noche estrellada o con unos nubarrones que anuncian tormenta. Un momento de reflexión sin prisas, de tranquilidad; el reposo tras una agotadora jornada. No tener urgencia en opinar y darse unos segundos para saborear los términos que se van a pronunciar.

El silencio nos permite contemplar el mundo. Un atardecer de verano sentado en la orilla del mar, un oleaje de septiembre embravecido, una tempestad en el océano mientras navego con mi velero, un bosque en otoño con el curioso crujir de las hojas secas y húmedas a la vez, el aleteo de una bandada de pájaros que emigran hacia tierras calurosas, mis botas salpicando el agua de los charcos en una tarde de otoño, el viento que ruge en la madrugada invernal, la nieve cayendo en los tejados vecinos mientras me levanto de la cama, el crepitar del fuego en el hogar… Sólo él permite hablar a la naturaleza y que nos introduzcamos más en ella.

El silencio nos invita a prestar atención a las cosas cotidianas: concentrar todos los sentidos en uno solo. Saborear un simple plato de cocina, despertar nuestro tacto al acariciar a un bebé, oler el perfume de nuestra madre en un jersey ya usado, leer una novela creyéndonos el protagonista, o dejar que las palabras fluyan de nuestra pluma cuando escribimos al ser amado. No hacemos más que emplear el lenguaje del alma para penetrar más en la realidad, pero para ello debemos impedir al lenguaje oral su protagonismo.

A pesar de que podamos aprender mucho de una conversación, también debemos sentir la necesidad de guardar silencio en algunos momentos, dejando así que él sea quien pronuncie las palabras que nosotros somos incapaces de producir. El silencio nos desvela secretos que muchos han estado buscando con ansias, sin saber que las discusiones no hacían más que encerrarles en algo muy alejado de lo que verdaderamente pretendían hallar. La contemplación nos acerca a la verdad y permite uno de los mayores placeres de la existencia humana.

Escuchar pacientemente a un amigo y saber escuchar a Dios. Entregarse de lleno a la mirada divina y dejar que Él escriba con fuego en nuestro corazón. Contemplarle en silencio en su Creación o delante de su propio ser. El silencio premia nuestra paciencia y serenidad permitiendo que la divinidad se exprese a través de su creación.

El filósofo se despierta en todos estos momentos de quietud y de paz, en que su única tarea es maravillarse de la compleja y -aunque cada vez parezca nueva- tan habitual realidad. No hace nada, aparentemente, y es entonces cuando contempla plenamente la verdad.

Como diría Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar hay que callar”, porque ¿para qué hablar de cosas tan abstractas con el fin de entenderlas, cuando el silencio es el único capaz de aportarnos las soluciones? Debemos tomar su teoría desde una nueva orientación: no como una ofensa a la sana curiosidad de conocer la verdad, sino como una invitación a descubrirla por los caminos que le corresponden. ¿Para qué complicarnos con un lenguaje limitado -por el hecho de ser humano- cuando lo que pretendemos explicar escapa a este mundo finito? En ocasiones hay que dejar hablar al lenguaje del silencio, de la contemplación, que es capaz de responder nuestras mayores dudas. No nos hará falta plantearnos si existe la verdad, cuando se nos hace tan evidente la belleza que esconde el universo.