En una cultura obsesionada con la productividad, la juventud y el control, hablar de la muerte suele resultar incómodo. Se la esconde, se la evita o se la trivializa. Sin embargo, hay momentos en los que la muerte irrumpe sin pedir permiso y, paradójicamente, se convierte en una de las grandes maestras de la vida. De eso trata, en esencia, la intervención de Hugo Cuesta en el primer I WiL Networking Lunch de 2026, el pasado 13 de enero, y también su último libro: Antes de irte, ¡recuerda vivir! Piensa en tu muerte y exprime la vida, una invitación lúcida y profundamente humana a reaprender a vivir desde la conciencia de nuestra finitud.

Las reflexiones de Hugo Cuesta nacen de la experiencia. En esta intervención, comparte un acontecimiento vital que marca un antes y un después: un grave accidente de moto que estuvo a punto de costarle la vida. A partir de ahí, su reflexión adquiere una densidad existencial difícil de fingir.
Cuando la vida se detiene
El accidente funciona como punto de inflexión. En cuestión de segundos, todo lo que parecía estable —planes, rutinas, seguridades— se desvanece. Lo que queda es la conciencia radical de la fragilidad. Cuesta no relata el episodio desde el dramatismo, sino desde el agradecimiento: haber rozado la muerte le permitió mirar la vida con otros ojos.
La pregunta que emerge no es solo “¿por qué sigo vivo?”, sino “¿para qué?”. Y esa pregunta, lejos de paralizar, despierta. Obliga a revisar prioridades, a distinguir lo esencial de lo accesorio y a reconciliarse con el presente.
El presente como lugar habitable
Uno de los ejes centrales de la intervención es la crítica a la angustia permanente por el futuro. Vivimos anticipando escenarios, preocupaciones y miedos que aún no existen, y ese adelantamiento constante tiene un coste emocional —y también físico— enorme. La paz, recuerda Cuesta, no se encuentra en controlar lo que vendrá, sino en habitar con plenitud el ahora. Esta llamada al presente no es una consigna superficial, sino una actitud profunda: aceptar que no todo depende de nosotros, que la vida no es completamente gestionable y que, precisamente por eso, merece ser vivida con mayor atención y gratitud.
La trampa de la rutina y la excusa del “no tengo tiempo”
La rutina diaria, cuando se absolutiza, termina por devorarlo todo. “No tengo tiempo” se convierte en una coartada perfecta para no pensar, no decidir y no preguntarse por el sentido. Cuesta invita a desconfiar de esa frase. No porque el tiempo no sea escaso, sino porque revela una forma de vivir en automático, sin reflexión ni interioridad.
Pensar la vida —detenerse, revisar, hacerse preguntas incómodas— no es un lujo, sino una necesidad humana básica. Sin ese ejercicio, corremos el riesgo de llegar muy lejos… en la dirección equivocada.
Relaciones que sostienen la felicidad
Otro de los mensajes clave de la conferencia es el papel central de las relaciones interpersonales. La felicidad no se mide por logros individuales ni por acumulación de experiencias, sino por la calidad de los vínculos que construimos y cuidamos. Desde esta perspectiva, el bienestar emocional y social no depende tanto de “hacer más”, sino de “estar mejor” con los demás: escuchar, acompañar, perdonar, agradecer. La cercanía con la muerte suele clarificar esta verdad de forma inmediata: al final, lo que permanece son las personas.
¿Qué significa realmente ser feliz?
Cuesta distingue con precisión entre estar feliz y ser feliz. Lo primero es un estado emocional pasajero; lo segundo, una disposición profunda del alma. El ser feliz está vinculado al sentido, a la coherencia vital y a la orientación de la propia vida hacia un propósito que trasciende el instante.
Esta distinción resulta especialmente relevante en una sociedad que confunde felicidad con estímulo, satisfacción inmediata o ausencia de dolor. La propuesta es más exigente, pero también más humana.
La muerte como maestra: memento mori
El hilo conductor de esta intervención —y el núcleo de su último libro— es la idea de la muerte como maestra de vida. Recordar que vamos a morir (memento mori) no es una invitación al pesimismo, sino un antídoto contra la soberbia, la superficialidad y la postergación constante de lo importante. Vivir con conciencia de la muerte nos devuelve al presente, nos hace más humildes y, paradójicamente, más compasivos.
Nos recuerda que todos somos vulnerables y que precisamente ahí, en esa fragilidad compartida, se juega lo más valioso de la existencia.
Solo quien aprende a convivir con la muerte es capaz de vivir de verdad.
Sesión disponible en video aquí [1].
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