La enseñanza virtual: ¿sirve para algo, un profesor?

Es sabido que la pandemia ha ocasionado considerables problemas en todo el sector educativo a todos los niveles. Todos ellos han recurrido, en menor o mayor medida, a la web para tratar de limitar la falta de docencia presencial. Las Universidades en general y las escuelas de management en particular se han puesto a emitir por la web diversos programas y eventos, preparados para la ocasión o sencillamente haciendo lo que hacían presencialmente de otro modo. Inevitablemente, han surgido discusiones sobre si la enseñanza virtual es buena o mala.

Algunos al menos, principalmente aquellos que en la enseñanza tratábamos de transmitir algo más que conocimientos abstractos o un conjunto de datos disfrazados de ciencia, creemos que han hecho bien, aunque a la enseñanza virtual «le falta alguna cosa «. Pero empecemos por el comienzo con la pregunta del título: ¿Sirve para algo, un profesor? Que esta pregunta se la haga alguien que lo ha sido durante cincuenta años hace que inevitablemente se suponga que la respuesta será sí. Pero recuerdo que un compañero mío cuando estudiábamos ingeniería decía que un profesor era un «ente inútil»: si, de la asignatura que sea, buscas un libro bueno y te lo estudias, no tendrás necesidad de profesor para nada, y sacarás buena nota.

Esto es en parte cierto, pero no es cierto del todo. En cualquier materia, se debe hacer el esfuerzo de adaptar el libro a la realidad; algo que puede no ser trivial en absoluto. Había un catedrático en la escuela de ingenieros, el Sr. Panadés, temido y a veces odiado por su nivel de exigencia y porque hacía preguntas desconcertantes y te quería hacer caer en las trampas que él quería ilustrar. Por ejemplo, cuando te preguntaba qué medía un termómetro: si le decías que la temperatura, te decía que no, que muy mal: mide su temperatura. O cuando suspendía a alguien porque en el examen final había calculado una chimenea industrial y le salía que debía tener 40 cm de diámetro: si hace una chimenea así no se podrá meter nadie para limpiarla – usted no sirve para ingeniero.

Yo me hice muy amigo del Sr. Panadés porque era el delegado de su asignatura (Termotecnia), y tuve bastantes conversaciones con él, y me dejó siempre admirado por su amabilidad y por su sentido práctico. Cuando celebramos los 50 años de haber terminado la carrera, pregunté a varios compañeros que pensaban entonces del Sr. Panadés. El primero me dijo que «fue la persona que me enseñó a mí a ser ingeniero», y todos los siguientes vinieron a decir lo mismo con diferentes expresiones. ¡Ningún disidente! Y es que la sabiduría práctica o cordura (lo que Aristóteles llamaba » frónesis «) no se aprende en los libros. Cierto que hay profesores que eso no lo enseñan – desgraciadamente muchos hoy en día, seguramente que más que nunca; pero a mí me parece que, idealmente, todos deberían hacerlo. Y no sólo en ingeniería: en matemáticas, por muy abstractas que puedan ser, también se necesita un cierto sentido común que no se aprende en los libros: por definición, la sabiduría práctica se aprende a partir de la práctica. Pero un buen profesor, en el aula, te puede enseñar bastante. También se aprende con el contacto directo con alguien que sabe, tiene este buen juicio, y quiere tratar de transmitirlo.

Y si esto es verdad incluso en matemáticas, ¡no digamos en management! Habría que hacerse a la idea de que en management, lo que es más importante es precisamente esta cualidad, la sabiduría práctica, la cordura.

¿Va esto en contra de la enseñanza virtual? No, de ninguna manera. Creo que hay cosas que se pueden enseñar virtualmente, e incluso hay algunas que se pueden aprender sencillamente estudiando un buen libro, como decía mi compañero de ingeniería. Pero incluso con este objetivo un buen profesor te puede ahorrar tiempo y esfuerzo guiándote un poco, y haciéndote formular las preguntas fundamentales de la materia.

Pero, por supuesto, en tiempos de pandemia no nos ha quedado más remedio que ingeniárnoslas para poder seguir haciendo docencia incluso cuando no nos podemos ver físicamente. En algún sentido, hemos descubierto entre todos que la utilización de la web es una novedad bienvenida. O quizás no tan novedad: por ejemplo, todos habíamos visto antes conferencias o diálogos con personas de mucha talla en las que, sin embargo, no podríamos tener acceso todos ni mucho menos. No hay sala que pueda contener miles y miles de personas a la vez y si tuviéramos que pedir a un ilustre que repitiera una conferencia hasta llegar a 300.000 personas, no podría hacer nada más a lo largo de su vida. Se había empezado a hacer y ahora se hace mucho más (véase, por ejemplo, la conferencia de Phil Kotler de la que hablaba en mi anterior post) Esto, pues, es algo que hay que aprovechar. Bienvenido, y que se quede, y que aprendamos a utilizarlo con cordura.

Pero deberíamos ser conscientes de que nos falta algo, porque si la cordura o la sabiduría práctica ya es difícil de enseñar presencialmente, por la web se hace mucho más difícil. No poderse mirar a los ojos profesor y alumno y hacer la posibilidad de interacción más rígida disminuye las posibilidades de transmitir la sabiduría práctica, En algunas cuestiones puede incluso hacer desaparecer del todo estas pocas posibilidades.

Todos tenemos que ir aprendiendo. Y ahora puede ser un buen momento para iniciar una reflexión seria al respecto, porque a mí me parece (quizás me equivoque, pero me temo que no) que en los últimos, pongamos, veinte o treinta años, la transmisión de sabiduría práctica ha disminuido notablemente, por razones que serían demasiado extensas como para analizar aquí, Quizás si reflexionamos seriamente podemos reencontrar esta cordura y concentrarnos en transmitirla presencialmente por un lado y utilizar eficientemente libros y enseñanza virtual por todo aquello en lo que no sea imprescindible mirarse a los ojos.

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