Delegar una decisión y después corregirla porque no coincide con la que nosotros habríamos tomado no es delegar. Es otra cosa.
Muchos empresarios están convencidos de que delegan. Han creado equipos directivos, han repartido responsabilidades y quizá incluso han incorporado un director general. Sin embargo, cuando llega una decisión importante, aparece una pregunta casi inevitable: «¿Tú qué harías?».
Hasta ahí, nada extraño. El problema empieza cuando la respuesta correcta sólo puede ser una: la que habría dado el propietario.
Delegar no consiste simplemente en descargar trabajo. Consiste en ceder capacidad de decisión. Y eso tiene una consecuencia que no siempre resulta fácil aceptar: quien recibe esa responsabilidad puede decidir de manera distinta a como lo haríamos nosotros.
Distinta no significa necesariamente peor.
El empresario conoce profundamente su negocio. Ha construido criterio a base de años de experiencia, errores y aciertos. Es lógico que tenga una opinión sobre casi todo. Pero precisamente por eso delegar puede resultar tan difícil: no basta con confiar en que otros trabajarán bien; hay que aceptar que quizá trabajen bien de otra manera.
Aquí aparece una tentación frecuente. Se delega una decisión y, en cuanto el resultado no coincide con nuestra intuición, se interviene para corregirla. La primera vez puede parecer prudencia. La segunda, experiencia. Después de unas cuantas, el directivo aprende perfectamente la regla del juego: antes de decidir algo importante, mejor preguntar al dueño.
Y así podemos tener una organización aparentemente profesionalizada que, en realidad, sigue dependiendo de una sola cabeza.
Delegar no supone renunciar al control ni aceptar cualquier decisión. Hay límites, objetivos, presupuestos, riesgos y criterios que deben estar claros. Pero dentro de ese marco tiene que existir un espacio real para decidir y también para equivocarse.
Ésta es quizá la parte más difícil. Queremos que nuestros directivos adquieran criterio, pero a veces pretendemos que lo hagan sin cometer los errores que nosotros mismos cometimos para adquirir el nuestro. Resulta poco realista.
Un buen empresario no debería preguntarse únicamente si sus directivos toman siempre la decisión que él habría tomado. Quizá debería preguntarse algo más exigente: ¿están tomando decisiones razonadas, coherentes con los objetivos y de las que son capaces de responder?
Si la respuesta es sí, una decisión diferente puede ser una buena noticia.
Porque la profesionalización de una empresa no empieza cuando se contratan buenos profesionales. Empieza cuando se les permite ejercer como tales.
Y eso obliga al propietario a aceptar una idea incómoda: algunas decisiones serán mejores que las suyas, otras peores y muchas, simplemente, diferentes.
Delegar de verdad exige confianza, pero también una cierta renuncia. La renuncia a que todo se haga como nosotros lo haríamos. Por eso quizá la pregunta no sea: “¿He delegado suficientes decisiones?”
Sino otra bastante más incómoda:
“¿Qué hago cuando alguien en quien he delegado decide algo importante de una manera distinta a la mía?”
