¿Perdón o justicia? (III)

Ya llevo dos entradas con este título, tratando de explicar si es necesario perdonar (y pedir perdón), o hay que limitarse a cumplir con las exigencias de la justicia, o si hace falta todo eso, y si es posible. En esta entrada remataré el asunto, no sin insistir al lector que no espere aquí “la” solución al problema, que, me parece, cada uno debe buscar en su conciencia, sobre todo si es el que tiene que pedir perdón, o perdonar, o ambas cosas a la vez (porque, al final, todos estaremos un día u otro en un lado de la ecuación o en el otro).

Hablemos del perdón, que tiene dos vertientes. El que ha causado daño tiene que pedir perdón, y el que lo ha recibido tiene que perdonar. No estoy hablando de algo fácil: puede ser enormemente difícil. El que causó el daño tiene que reconocerlo, por encima de todas las “razones” personales, sociales, ideológicas, jurídicas, psicológicas, sociológicas… que le servirían de justificación. Tendrá que ir, probablemente, más allá del hecho concreto, y darse cuenta de que hay otras muchas cosas que no ha hecho bien; tendrá que hacer un esfuerzo por ponerse en la piel del otro. Pedir perdón de verdad implica también estar dispuesto a evitar que vuelva a ocurrir lo que ya pasó. O sea, es una oportunidad para volver a empezar, pero no desde cero, porque hay algo que pasó y que no puede cubrirse con el trapo del olvido.

El perjudicado tiene que perdonar, y aquí el proceso puede ser mucho más largo, complejo y difícil, porque pasa por reconocer las propias debilidades, que él también necesita que otros le perdonen… No es un acto de debilidad, porque, como ya dije, la justicia debe quedar siempre cubierta. De manera muy especial, si la persona que le ha hecho daño seguirá en su horizonte (un pariente, un compañero de trabajo, un vecino), es importante tratar de recomponer la relación, aunque tomando las medidas de prudencia necesarias, si procede. Y es una manera de poner coto al deseo de venganza.

En todo caso, el perdón no se sentimentalismo. Ni consiste en desfigurar la realidad, como si el daño no hubiese existido: esto sería una mentira, quizás un síntoma de “buenismo”, pero no es la manera adecuada de montar las relaciones humanas. Perdonar significa sufrir, y solo a partir de ese sufrimiento se puede empezar a perdonar. Y hay que evitar los “falsos perdones”, por el estilo de “hago como que olvido, pero me lo guardo y algún día volveremos a vernos sobre esto”, o “no me queda otro remedio que perdonar, pero en el fondo no te perdono”.

Uno debe perdonar, otro debe pedir perdón. ¿Quién tomará la iniciativa? No lo sé. En todo caso, uno tiene que manifestar al otro la actitud de que está dispuesto a perdonar, y/o el otro tiene que manifestar su deseo de ser perdonado. Y esto debe ser previo a la “negociación” sobre cómo recomponemos la justicia quebrantada, de la que ya hablamos. Y a veces será un tercero el que tratará de que se aproximen los dos interesados. El Evangelio cuenta el caso de un hombre rico, Zaqueo, que quería ver a Jesús que pasaba por su pueblo; Jesús se invitó a comer a su casa, y no sabemos de qué hablaron; solo nos dice el texto que, al acabar, Zaqueo manifestó su deseo de compensar a los que había perjudicado en sus negocios de forma muy generosa, y de dar mucho dinero a los pobres, como manera de compensar a la sociedad por el mal que había hecho. No sabemos si fue puerta a puerta a pedir perdón a los perjudicados; probablemente ni se acordaba de quiénes eran, pero estaba dispuesto a atenderlos cuando se lo pidiesen. Esperaba, eso sí, que ellos le perdonasen. Y, de este modo, misericordia y justicia se debieron ver cumplidas.

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