Hace unos años, antes de la era de Internet, un buen amigo mío me contó que llamó a la embajada de España en un importante país europeo para preguntar cuáles eran los tipos de las cotizaciones sociales vigentes en aquel país. Entiendo que el funcionario español no lo supiese de memoria, y que le dijese que llamase más tarde, porque tenía que averiguarlo. Pero su contestación fue otra: que no lo sabía, ni tenía por qué saberlo.
Esta actitud de los servicios diplomáticos y consulares españoles ha mejorado en los últimos años, pero no suficientemente. Ahora, el ministro de Asuntos Exteriores ha anunciado el impulso de una «diplomacia económica«, al servicio de las empresas españolas que intentan hacer negocios en el exterior. Bien. Esto significa que en las oficinas comerciales vibren con la idea de ofrecer un buen servicio a las empresas, y que allí donde no haya oficina comercial haya alguien preparado para actuar al servicio de las empresas. Lo que significa varias cosas. Formación: hay que saber de qué se trata y dónde conseguir la información. Bien que haya un becario, pero alguien debe preguntarse diariamente: ¿qué más podemos hacer, qué más puede ser útil a las empresas españolas que quieran operar aquí? O sea, experiencia. Y esto es caro, claro. O sea, recursos. O sea, incentivos. Y control, pero por resultados, contando con la opinión del «cliente».
