Cuando una empresa familiar —donde la propiedad y la gestión suelen solaparse— atraviesa años de resultados mediocres, un endeudamiento creciente y una falta de liquidez, la familia propietaria no tiene más remedio que buscar soluciones.
El error frecuente es intentar buscar soluciones únicamente en el interior de la empresa, cuando la raíz de los problemas se encuentra en la propia familia empresaria. Entre las principales causas destacan:
- La ausencia de pensamiento estratégico y de una visión definida.
Más allá de la gestión operativa diaria, no existe la función de gobierno como tal. Las luces cortas son necesarias, pero sin luces largas la empresa navega sin rumbo. - Un plan de sucesión inadecuado.
En el mejor de los casos, se dispone de un plan de sucesión, pero no es realista y tampoco se cumple. - La falta de roles definidos.
A veces se confunde el apellido con la capacidad de dirigir. Para garantizar el mejor liderazgo posible, la empresa debe definir con claridad el alcance y las responsabilidades de los miembros de la familia. - Un foco exclusivo en la cuenta de resultados.
Más allá de la cuenta de pérdidas y ganancias, las empresas no deben dejar de lado un análisis y control profundo del balance y del estado de flujo de efectivo.
La tormenta perfecta
Esta “tormenta perfecta” impide tener la claridad suficiente para adaptar el modelo de negocio a la evolución del entorno y de los mercados, invertir en innovación y atraer el talento necesario para mantener la empresa competitiva y rentable.
Los malos resultados recurrentes suelen gestarse varios años antes, como consecuencia de la falta de decisiones cuando la empresa iba bien. Entonces había margen de maniobra y la empresa tenía caja.
Pero la familia se acomodó, evitó la evaluación y la autocrítica. El apego al pasado y a la trayectoria histórica, junto a la inercia de los negocios, impidió anticipar y adaptarse a los cambios del entorno.
Pretender que la propia familia propietaria, con estas disfunciones y desajustes, encuentre por sí misma soluciones para arreglar la situación empresarial, es poco realista.
Aceptar la realidad: la familia también debe evaluarse
Ante estas situaciones, la familia propietaria debe reflexionar sobre si sigue siendo una fortaleza para la empresa o si representa más una amenaza que una oportunidad. Unas preguntas clave son:
- ¿Tenemos la capacidad suficiente para aportar valor estratégico?
- ¿Nuestros recursos económicos son suficientes para corregir y “refundar” la empresa?
- ¿Hemos perdido el tren de la competitividad y la rentabilidad?
En ese caso, tal vez resulte más conveniente que otro grupo propietario sea el que transforme el modelo de negocio para asegurar la continuidad de la empresa.
Humildad y valentía en la toma de decisiones
Para revertir esta realidad, hay que poner en práctica algunos valores personales y familiares. Se necesita una dosis imprescindible de humildad para enfrentarse a la situación con garantías de éxito.
El ego es el principal enemigo en estas situaciones, porque aleja de la realidad e impide rodearse de profesionales incómodos, aunque imprescindibles.
Cuando la visión de la empresa familiar se ve nublada por dinámicas internas, una mirada externa puede aportar mayor objetividad y ayudar a identificar las verdaderas raíces de los problemas.
Ese acompañamiento puede marcar la diferencia entre prolongar el problema o tomar, a tiempo, las decisiones que aseguren la continuidad y sostenibilidad de la empresa a largo plazo.
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