Cuando los propietarios son consejeros

En muchas empresas familiares, los principales accionistas también forman parte del consejo de administración.

Es lógico. Conocen la historia de la compañía, representan el capital, sienten el negocio como propio y tienen un interés evidente en su continuidad.

Pero que algo sea lógico no significa que esté exento de riesgos. En este artículo, examinaremos ambas caras de la moneda.

Las ventajas de tener propietarios en el consejo

Una propiedad concentrada y bien representada en el consejo puede constituir una ventaja importante.

Permite que quienes administran la empresa conozcan de primera mano las expectativas de los accionistas: qué crecimiento desean, qué nivel de riesgo están dispuestos a asumir, qué política de dividendos consideran adecuada o qué importancia atribuyen a mantener la independencia de la compañía.

También puede aportar algo especialmente valioso en la empresa familiar: visión de largo plazo.

Cuando los propietarios comparten una visión sobre el futuro de la empresa y están comprometidos con ella, el consejo dispone de un marco más estable para tomar decisiones.

No necesita preguntarse constantemente qué esperan los accionistas porque participan directamente en la conversación.

La cercanía de la propiedad puede además ayudar a preservar el carácter de la empresa: determinados valores, modos de hacer y principios que forman parte de su identidad y que difícilmente pueden recogerse por completo en un plan estratégico.

Hasta aquí, las ventajas, pero esa lógica tiene un límite.

Los riesgos de confundir los papeles

Ser propietario no convierte automáticamente a alguien en buen consejero. Y formar parte del consejo no autoriza a intervenir en la gestión diaria.

El accionista toma decisiones como propietario. El consejero piensa en el interés de la empresa y contribuye a las decisiones del consejo. El ejecutivo gestiona el día a día.

Cuando una misma persona desempeña dos o tres de estos papeles, debe saber perfectamente desde cuál de ellos está hablando en cada momento.

Una presencia muy dominante de la propiedad puede generar además otro riesgo: que el consejo pierda capacidad para cuestionar.

Si las decisiones importantes llegan prácticamente tomadas por los principales accionistas, el consejo puede terminar limitándose a ratificarlas. Y un consejo que solo ratifica aporta poco valor.

Existe también un problema menos visible. A medida que la familia crece, suele aumentar el número de accionistas que no trabajan en la empresa ni están presentes en el consejo.

En ese contexto, los propietarios “de dentro” disponen de mucha más información, influencia y proximidad al negocio que los propietarios “de fuera”. Si esa diferencia no se gestiona adecuadamente, puede generar desconfianza.

Por eso, quizá la pregunta no sea si los propietarios deben estar o no en el consejo. Una pregunta más útil sería:

¿Qué aporta al consejo la presencia de la propiedad y qué debe hacer el consejo para no quedar subordinado a ella?

La empresa familiar necesita propietarios comprometidos. Necesita también buenos consejeros. Y precisamente porque ambas funciones son importantes, conviene no confundirlas.

Imagen de la home: Vlada Karpovich