Confianza

La sociedad española, como la de otro países, no tiene mucha confianza en las empresas. A menudo se las ve como máquinas impersonales de producir y vender, no como iniciativas humanas en las que uno se encuentra con personas concretas, en las que puede confiar. Quizás las empresas pequeñas mantengan mejor ese componente de relación personal, pero no siempre.

Hay una manera de ver la empresa que se presta al desarrollo de la confianza: la empresa como una comunidad de personas que toman decisiones conscientemente, con libertad y sentido de responsabilidad, para la consecución de unos fines que, de algún modo, nos interesan a todos.

La otra manera de ver la empresa es como un sistema de reglas y procedimientos dirigidos a evitar los conflictos, por aquello de que «hemos seguido las reglas establecidas» suele ser un buen argumento cuando uno trata de defenderse de las consecuencias de sus acciones. Pero las reglas no hacen justa ni amable ni próspera la empresa. Nada sustituye a la persona libre que hace un juicio sobre la decisión que se propone tomar, y la toma asumiendo su responsabilidad. El buen decisor asume las reglas y normas, las internaliza y las convierte en un componente más de sus decisiones. Las normas, al contrario, convierten a menudo las decisiones en lugares de desconfianza de unos con otros, en lo que debería ser una acción cooperativa de todos.

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