– ¿Participa tu empresa en algún programa de prevención y lucha contra la corrupción?
– Oye, ¿por quién nos has tomado? ¡Nosotros somos una empresa seria, no somos corruptos!
Es un diálogo no literal, pero frecuente. Es como si, al preguntarle a alguien si adopta algunas precauciones contra el cáncer, respondiese, malhumorado, que él goza de buena salud.
La corrupción, como el cáncer, no anuncia su llegada. Naturalmente, la dirección de una empresa debe tener la máxima confianza en su gente. Pero eso no significa que deba ser ingenua. Primero, porque a menudo la iniciativa proviene de la otra parte. Segundo, porque también las personas más íntegras necesitan saber por dónde puede venir el problema y cómo hacerle frente. Y tercero, porque no se debe descartar la posibilidad de que seamos nosotros mismos, con los incentivos que hemos creado, quienes estemos empujando a nuestros empleados hacia conductas incorrectas.
La foto es de Pedro Montoya, un español que es el Director de Buenas Prácticas de EADS, que explicaba a Expansión de hace unos días por qué tiene sentido que una empresa se plantee la prevención y la lucha contra la corrupción, y cómo lo puede hacer (ver la noticia aquí). Ya va siendo hora de que abandonemos esa actitud de dignidad ofendida cuando nos preguntan qué hacemos contra la corrupción en nuestras empresas. Y un buen medio es que sean las asociaciones sectoriales las que tomen la iniciativa, como hace la industria de la defensa en Europa.
