Razones para vivir, razones para morir

Marieke Vervoort, durante los Juegos de Río 2016 (Photo by YASUYOSHI CHIBA / AFP)

Aunque ya se sabía desde 2016 que lo había solicitado, ayer nos despertamos con la noticia de la muerte por eutanasia de la atleta paralímpica belga, Marieke Vervoort,  de 40 años,  campeona del mundo de paratriatlón en 2006, que compitió en el mítico Ironman de Hawai al año siguiente y  fue oro en los 100 metros en los Juegos de Londres 2012. Podéis leer más aquí.

El ser humano es un ser social por naturaleza. Sus primeros pasos en sociedad los da en el seno familiar y, normalmente, también los últimos. De igual manera, nace desvalido y muere del mismo modo. No hay una criatura más necesitada de cuidados que un bebé humano. Y no por eso lo vemos como menos digno. Sin embargo, el criterio de la dignidad se utiliza para defender el derecho a decidir acabar con la propia vida.

Sin entrar en juicios, si recordáramos cómo nacemos, veríamos las circunstancias de la vida que nos hacen más débiles, menos autónomos, parcial o absolutamente dependientes, como un elemento más de nuestra trayectoria vital, en la lógica del servicio que recibimos de nuestros padres, abuelos, hermanos mayores -en nuestros primeros meses-, y lo ofreceríamos igualmente a los que nos preceden en edad o enfermedad. Estoy hablando de los cuidados paliativos. Os dejo con un interesante vídeo donde un doctor belga requiere de las autoridades que los solicitantes de la eutanasia deban pasar por los paliativos antes de decidir. Las cifras que ofrece sobre  cambios de opinión son aplastantes. ¿No serán las razones para morir, en realidad, razones para seguir viviendo?

 

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