Socorro Fernández: liderazgo, coherencia y generosidad

En recuerdo de una alumna excepcional del IESE

Nos ha dejado Socorro Fernández, ingeniera de Caminos, Canales y Puertos y una de las grandes profesionales de nuestra generación, tras quince años enfrentándose a la enfermedad con la misma energía y determinación con las que construyó toda su carrera.

Socorro abrió camino en un mundo que, en sus inicios, no concebía que una mujer trabajara en obra: fue la primera jefa de grupo, la primera delegada, la primera directora general y CEO en las empresas por las que pasó. Presidenta de OFG Telecomunicaciones desde 2018, fue consejera de Redeia (antes Red Eléctrica Corporación), Cementos Molins y Banco Caminos, y una voz activa en Women Corporate Directors, la Asociación Española de Directivos, el Consejo Empresarial de Alianza por Iberoamérica, Young Presidents’ Organization e International Women’s Forum. El Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos le concedió su Medalla de Honor y el Premio Ingeniera Destacada 2021.

Pero quienes tuvimos la suerte de conocerla la recordamos, sobre todo, por su carácter: alegre, optimista, generosa hasta el último detalle a la hora de compartir su experiencia y sus consejos con quien se lo pidiera. Su liderazgo nunca se apoyó en la ambición, sino en la coherencia con sus valores, tal y como ella misma lo explicaba. En estos días hemos recibido decenas de mensajes de compañeras y amigas que coinciden en lo mismo: su energía, su generosidad y el privilegio de haberla conocido.

En 2022 tuvimos la oportunidad de entrevistar a Socorro para el libro De la Mano de las Mejores. Queremos compartir aquí esa conversación íntegra, tal y como la mantuvimos entonces, porque en sus propias palabras está mejor que en las nuestras todo lo que fue: su trayectoria, su forma de entender el liderazgo y la vida, y el lugar que ocupó su familia en cada paso que dio.

Descanse en paz.

 

La entrevista (De la mano de las mejores, 2022)

Socorro afirma con rotundidad que su trayectoria profesional y sus logros, que son muchos, no hubieran sido posibles sin su familia: sus padres, su marido, sus hijas. Una mujer alegre, optimista y humilde, agradecida a la vida y a las oportunidades que se le han presentado.

Nos gustaría saber cuáles son tus mayores logros, qué cosas destacarías de tu trayectoria profesional y de tu vida

Antes que nada, debo decirte que me considero una persona con muchísima suerte. He tenido muchos logros porque he tenidos muchas y buenas oportunidades, que luego yo me he trabajado, claro. Pero si tengo que elegir, te diría que el primero de todos es el de tener mi propia familia, mi marido y mis tres hijas, el compartir objetivos comunes, el haber disfrutado tanto juntos, el seguir teniendo sueños juntos. Me parece mi mayor tesoro.

Como no podemos dividir nuestra vida en tres, por una parte, la familiar, por otra la personal y por último la profesional, para analizar la mía hay que tener en cuenta también mi ambición por trabajar en obra como ingeniera. Era lo que a mí me gustaba, y nunca lo vi como una gran ambición difícil de alcanzar sino, bueno, pues simplemente como una opción más. Hacer un puente, ¡una carretera… me parecía algo fantástico! muy bonito y creativo, con un gran impacto. No me atraía el diseño del proyecto, sino propiamente, hacerlo realidad, ejecutar las obras.

Yo no sabía ni pensaba que aquello, por el hecho de ser mujer, estaba vetado para mí. Quizás porque no era consciente de que era imposible. A pesar de no ser una chica especialmente valiente, me lancé a hacerlo y lo conseguí. Fue un hito en el sentido de que en los comienzos mi presencia allí era algo extraño, ya que en aquellos tiempos no se concebía que la mujer pudiera trabajar en la obra. Luego resultó que, como lo disfrutaba, trabajaba a gusto y las cosas salían bien, y como consecuencia fui promocionando en las empresas en las que trabajé. Llegué a ser la primera jefe de grupo, luego la primera delegada, la primera directora general y CEO,…

Pero el logro de verdad, el de mayor impacto, es el primero.

Si a nivel personal tengo que pensar en algo, mi mayor logro ha sido conseguir ser coherente con mis valores. Siempre he seguido siendo yo misma en cualquier aspecto de mi vida. Y eso sí que lo considero un logro. Y además de eso, hoy tengo una red de amigos y familia, de gente que me quiere que, más que un logro, es un gran tesoro. Soy muy afortunada.

Seguramente has tenido que sortear y superar muchos obstáculos para lograr unificar tu vida. ¿Cuáles de esos obstáculos han sido provocados por tus propias inseguridades o miedos, es decir, qué techos de cemento has superado y cómo lo has hecho?

La verdad es que al principio sentía un poco de remordimiento por mi familia, pensaba que tenía que pasar más tiempo con mis hijas. Eso es algo que siempre tienes in mente, no dejas de hacer lo que tienes que hacer, pero siempre tienes esa especie de pellizco en el cuerpo. Sin embargo, a medida que van creciendo te vas dando cuenta de que les has dado lo mejor de tu tiempo y de ti. No creo que mis hijas piensen en ningún momento que les ha faltado su madre. Algunas veces lo hemos comentado, y me dicen que ellas no querían que fuera como algunas madres, que estaban siempre en casa, pero hartas e infelices. A mis hijas les he acercado a un mundo que hay fuera de casa, al que ellas no tenían acceso, he sido el cable de unión de mis hijas con el mundo.

A veces también he tenido ese síndrome de la impostora que en algún momento sufrimos casi todas las mujeres. Nos parece que no somos suficientemente buenas para el puesto que tenemos, pero luego te das cuenta de que trabajando y haciendo las cosas bien, se sale adelante de todo. Y acabas siendo consciente de que, si te han dado la oportunidad, es porque han visto en ti algo que les hace pensar que lo vas a hacer bien. Yo al final lo he superado porque la vida me ha demostrado que no hay por qué sentirse pequeñita.

Además, siempre he sido una persona muy tímida y, cuando empecé a trabajar, me di cuenta de que eso era incompatible con un buen desempeño, que tenía que relacionarme mucho más con todo el mundo. No sólo lo he superado, sino que ahora me encantan las relaciones sociales, disfruto un montón, me enriquece muchísimo escuchar a gente interesante y que tiene mucho que decir, intercambiar ideas, expresar emociones,…

También me ha costado siempre mucho decir que no; eso no he llegado a superarlo del todo, porque mi problema es que soy muy entusiasta, muy disfrutona, y siempre pienso que hay algo bueno detrás de cada oportunidad, con lo que, decir que no, supone renunciar a eso bueno escondido. Pero claro, con el paso del tiempo, cada vez te llegan más oportunidades, que a lo mejor no siempre son especialmente buenas en el sentido económico, pero sí en el personal o social, y me cuesta renunciar a ellas. Me cuesta mucho decir que no, por ejemplo, a un mentoring, porque lo vivo, lo disfruto y me enriquezco.

Nos comentabas que siempre has querido estar en la obra, pero ¿siempre has tenido clara tu misión, tu propósito? ¿Siempre has sabido lo que querías?

Pues lo cierto es que nunca he sido muy ambiciosa. Era una buena niña que era feliz en Córdoba. Me tuve que venir a Madrid porque allí no había lo que yo quería estudiar, aunque allí era completamente feliz y me sentía plena. No tenía sueños muy ambiciosos. Venir a Madrid me abrió un poco los horizontes y me hizo pensar en grande. Lo que sí es verdad es que, si tengo que pensar en un propósito en la vida quizás sea una mezcla de disfrutar, ayudar, trascender, dar ejemplo y ser coherente con mis valores y con lo que pienso. Yo soy de las que se lanzan pronto, no necesito que el proyecto tenga un gran propósito para tirarme de lleno a una oportunidad. El propósito lo llevas contigo, se nota más en tu forma de hacer que en qué haces.

Nos hablabas antes sobre tus hijas, que nunca han tenido la sensación de que su madre haya estado ausente. ¿Y tu marido? ¿Qué importancia han tenido en el logro de esa coherencia de la que nos hablas?

No hubiera podido hacer nada de lo que he hecho si no hubiera tenido conmigo a mi marido, José Antonio, mi compañero de vida en todos los sentidos. Nos conocimos y fuimos compañeros en la universidad y lo hemos seguido siendo a lo largo de nuestra vida. Nos hemos apoyado mutuamente, incluso sin pensar igual. Compartimos valores, pero somos muy diferentes. Él ha sabido darme el empujón cuando hacía falta y frenarme cuando lo necesitaba, me ha hecho pensar y hemos disfrutado juntos de cada cosa. Es fundamental en mi vida, aunque seamos la noche y el día.

Y comparto con él a mis hijas, que son la razón de mi vida, mi fuente de inspiración, lo que me da trascendencia, lo que hace que signifique algo más y tenga sentido lo que hago. Sin ellas saberlo, me han enseñado muchísimo. Mi vida profesional hubiera sido mucho peor si no hubiera sido madre, porque todo lo que he aprendido siendo madre lo he podido aplicar en mi trabajo: valor relativo de las cosas, resiliencia, esfuerzo, sentido común, disfrute, visión a largo plazo, el compartir, el poner foco en las cosas importantes… tantas y tantas cosas que he aprendido como madre. Ahora que van siendo mayores, me inspiran muchísimo, me enseñan cómo interpretar un mundo que ellas ven de otra manera, me empujan a mejorar. Tengo una suerte enorme. Aunque al principio sintiera ese pellizco del que hablaba al principio, creo que no he sido una madre ausente. Aunque no haya estado 24/7 con ellas, mi vida ha girado en torno a ellas y mis niñas han sido mi foco.

También mis padres han sido claves con su ayuda y con su ejemplo, Me apoyaron desde el principio, aunque ellos no entendieran lo que su hija mayor, su princesita, quería hacer, aunque no compartieran mi forma de ver mi futuro. Poco a poco les fui demostrando que iba en serio, que no era una locura.

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Cuando ser madre no significa elegir

El planteamiento: una falsa dicotomía que seguimos sin cuestionar

Existe una idea instalada, casi nunca dicha en voz alta pero omnipresente, según la cual la vida profesional y la vida familiar funcionan como vasos comunicantes: lo que gana una, lo pierde la otra. Bajo esa lógica, sostener una maternidad y una carrera de alto nivel —deportiva, directiva, académica— no son dos proyectos que conviven, sino dos proyectos que compiten por un mismo recurso escaso: el tiempo, la energía, la capacidad de estar presente.

Parte del problema, creemos, está en el propio lenguaje que usamos para hablar de esto. Llevamos décadas hablando de «conciliación», una palabra que ya en su origen supone dos fuerzas en conflicto que hay que reconciliar, como si trabajo y familia fueran por naturaleza adversarios a los que hay que sentar en la misma mesa a negociar una tregua. Nosotros preferimos hablar de integración: no se trata de repartir un recurso finito entre dos bandos, sino de construir una vida en la que los distintos proyectos que a una persona le importan —el profesional, el familiar, el personal— formen parte de un mismo proyecto vital coherente, con una misión que les da sentido conjunto. La diferencia no es solo semántica: cambia por completo qué preguntas nos hacemos y qué soluciones buscamos.

El testimonio: Anna Comet y la negativa a renunciar

En nuestro último I-WiL Networking Lunch del curso escuchamos a Anna Comet, corredora profesional de montaña y excampeona de esquí alpino. Su trayectoria incluye una lesión grave a los 18 años que truncó su carrera olímpica, una depresión, y una reconstrucción lenta hasta convertirse en referente mundial del trail running. Cuando llegó su primera maternidad, decidió —junto a su marido— que ninguno de los dos renunciaría a su proyecto profesional por el otro: adaptarían lo necesario, pero no elegirían. Tras esa maternidad llegaron sus mejores resultados. Con la segunda, a los 41 años, la recuperación fue más dura, y esta primavera tomó la decisión de renunciar a competir en el Maratón des Sables —una de las pruebas más exigentes del mundo— porque su cuerpo y su preparación no estaban donde debían estar.

La reflexión: renunciar bien, la culpa que no es un dato sino una construcción, y lo que enseñamos sin palabras

Hay al menos tres ideas que merece la pena desarrollar más allá del relato personal de Anna.

La primera tiene que ver con la calidad de las renuncias. Ana no dijo que nunca tuvo que ceder nada; dijo que aprendió a decidir qué ceder y cuándo. Es una distinción que a menudo pasamos por alto: no toda renuncia es fracaso, y no todo «seguir adelante a toda costa» es fortaleza. Hay una diferencia sustancial entre decidir bien —con información, con tiempo, sin decisiones tomadas «en frío», como le recomendó su entrenador— y simplemente resistir por inercia o por miedo a lo que dirán los demás.

La segunda idea es que la culpa que sentimos al repartirnos entre proyectos no es un dato objetivo sobre lo que «deberíamos» sentir, sino el síntoma de seguir pensando en clave de conciliación —de dos fuerzas en competencia— en lugar de integración. Durante el coloquio, ante una pregunta sobre gestión emocional, Anna describió una «batalla campal» interna que vive cada vez que debe elegir entre entrenar y estar con sus hijos. Esa batalla existe, en buena parte, porque seguimos viviendo ambos proyectos como compartimentos estancos que compiten por el mismo tiempo, en vez de como expresiones distintas de una misma vida con sentido propio. Cuando el marco es la integración, la pregunta deja de ser «¿a cuál de los dos estoy traicionando ahora mismo?» y pasa a ser «¿cómo sirve este momento concreto al proyecto vital que estoy construyendo, en su conjunto?». No elimina la dificultad práctica de estar en dos sitios a la vez, pero sí cambia radicalmente la carga emocional de estarlo.

La tercera idea, quizás la más sutil, es la que Anna formuló casi de pasada: sus hijos no hacen lo que ella les dice, hacen lo que le ven hacer. Hay algo profundamente cierto ahí sobre cómo educamos: no transmitimos valores por instrucción, sino por coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos delante de quienes nos observan. Sostener el propio proyecto profesional, en ese sentido, no es un acto egoísta frente a la familia — es, precisamente, una de las formas más honestas de integrar la propia vida.

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Persona y personaje: ¿te olvidaste de ti?

¿Estás tan ocupada persiguiendo objetivos que te has olvidado de ser buena persona?

Hemos tenido la oportunidad de escuchar a Luis Huete en el I WIL Networking Lunch del pasado 5 de mayo en el IESE, con una pregunta que resulta, cuanto menos, inquietante: ¿son el personaje y la persona amigos o enemigos?

El personaje es lo que el mundo ve: los logros, el título, la imagen. La persona es lo que somos cuando nadie mira: la calidad humana, las relaciones, la salud. La paradoja que plantea Huete es poderosa: la persona es más frágil que el personaje, pero también más poderosa.

Y aquí está la trampa. Se puede construir un personaje sólido mientras la persona se erosiona por dentro. A eso lo llama impostura. La integración —que personaje y persona se refuercen mutuamente— es más difícil, pero es lo único que sostiene a largo plazo.

Tres ideas sobre las que vale la pena reflexionar:

Sobre la lucidez. Dos fuerzas nos la roban sistemáticamente: el cortisol del estrés, que nos encierra en visión de túnel, y la dopamina de corto plazo, que nos vende felicidad instantánea. Cuando ambas dominan, tomamos decisiones sesgadas: sobreinvertimos en lo que se siente bien ahora y abandonamos lo que realmente nos hace crecer. La lucidez —prever las consecuencias de lo que hacemos, en nosotros y en los demás— requiere que la corteza prefrontal funcione bien. Y para eso necesita silencio, sueño, movimiento, gratitud, vínculos reales.

Sobre el talento. No es estático. Es conocimientos + habilidades + fuerza de voluntad + propósito × actitud. Y se puede cultivar, también en las personas que nos importan. Huete invita a algo que me parece una idea radical en su sencillez: hacer un inventario del talento familiar y construir una estrategia para desarrollarlo. Tratamos nuestra cartera de inversiones con más rigor del que aplicamos al desarrollo de las personas que amamos.

Sobre los ciclos. Los tiempos fáciles crean personas débiles, que crean tiempos difíciles, que crean personas fuertes… El reto no es esperar las crisis para crecer. Es aprender a forjar fortaleza en condiciones de comodidad. Eso requiere fricción voluntaria, estándares exigentes, propósito que trascienda el éxito propio.


Me quedo con la imagen del interés compuesto aplicado al talento. No al dinero: al talento. Cada pequeña inversión en quién eres —no solo en lo que logras— se multiplica con el tiempo de una manera que casi no podemos imaginar al principio.

La pregunta no es si tienes un buen personaje. La pregunta es si la persona que hay detrás lo sostiene. ¿Amigos o enemigos? Coherencia de vida, en definitiva.

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