Cuando ser madre no significa elegir

El planteamiento: una falsa dicotomía que seguimos sin cuestionar

Existe una idea instalada, casi nunca dicha en voz alta pero omnipresente, según la cual la vida profesional y la vida familiar funcionan como vasos comunicantes: lo que gana una, lo pierde la otra. Bajo esa lógica, sostener una maternidad y una carrera de alto nivel —deportiva, directiva, académica— no son dos proyectos que conviven, sino dos proyectos que compiten por un mismo recurso escaso: el tiempo, la energía, la capacidad de estar presente.

Parte del problema, creemos, está en el propio lenguaje que usamos para hablar de esto. Llevamos décadas hablando de «conciliación», una palabra que ya en su origen supone dos fuerzas en conflicto que hay que reconciliar, como si trabajo y familia fueran por naturaleza adversarios a los que hay que sentar en la misma mesa a negociar una tregua. Nosotros preferimos hablar de integración: no se trata de repartir un recurso finito entre dos bandos, sino de construir una vida en la que los distintos proyectos que a una persona le importan —el profesional, el familiar, el personal— formen parte de un mismo proyecto vital coherente, con una misión que les da sentido conjunto. La diferencia no es solo semántica: cambia por completo qué preguntas nos hacemos y qué soluciones buscamos.

El testimonio: Anna Comet y la negativa a renunciar

En nuestro último I-WiL Networking Lunch del curso escuchamos a Anna Comet, corredora profesional de montaña y excampeona de esquí alpino. Su trayectoria incluye una lesión grave a los 18 años que truncó su carrera olímpica, una depresión, y una reconstrucción lenta hasta convertirse en referente mundial del trail running. Cuando llegó su primera maternidad, decidió —junto a su marido— que ninguno de los dos renunciaría a su proyecto profesional por el otro: adaptarían lo necesario, pero no elegirían. Tras esa maternidad llegaron sus mejores resultados. Con la segunda, a los 41 años, la recuperación fue más dura, y esta primavera tomó la decisión de renunciar a competir en el Maratón des Sables —una de las pruebas más exigentes del mundo— porque su cuerpo y su preparación no estaban donde debían estar.

La reflexión: renunciar bien, la culpa que no es un dato sino una construcción, y lo que enseñamos sin palabras

Hay al menos tres ideas que merece la pena desarrollar más allá del relato personal de Anna.

La primera tiene que ver con la calidad de las renuncias. Ana no dijo que nunca tuvo que ceder nada; dijo que aprendió a decidir qué ceder y cuándo. Es una distinción que a menudo pasamos por alto: no toda renuncia es fracaso, y no todo «seguir adelante a toda costa» es fortaleza. Hay una diferencia sustancial entre decidir bien —con información, con tiempo, sin decisiones tomadas «en frío», como le recomendó su entrenador— y simplemente resistir por inercia o por miedo a lo que dirán los demás.

La segunda idea es que la culpa que sentimos al repartirnos entre proyectos no es un dato objetivo sobre lo que «deberíamos» sentir, sino el síntoma de seguir pensando en clave de conciliación —de dos fuerzas en competencia— en lugar de integración. Durante el coloquio, ante una pregunta sobre gestión emocional, Anna describió una «batalla campal» interna que vive cada vez que debe elegir entre entrenar y estar con sus hijos. Esa batalla existe, en buena parte, porque seguimos viviendo ambos proyectos como compartimentos estancos que compiten por el mismo tiempo, en vez de como expresiones distintas de una misma vida con sentido propio. Cuando el marco es la integración, la pregunta deja de ser «¿a cuál de los dos estoy traicionando ahora mismo?» y pasa a ser «¿cómo sirve este momento concreto al proyecto vital que estoy construyendo, en su conjunto?». No elimina la dificultad práctica de estar en dos sitios a la vez, pero sí cambia radicalmente la carga emocional de estarlo.

La tercera idea, quizás la más sutil, es la que Anna formuló casi de pasada: sus hijos no hacen lo que ella les dice, hacen lo que le ven hacer. Hay algo profundamente cierto ahí sobre cómo educamos: no transmitimos valores por instrucción, sino por coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos delante de quienes nos observan. Sostener el propio proyecto profesional, en ese sentido, no es un acto egoísta frente a la familia — es, precisamente, una de las formas más honestas de integrar la propia vida.

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Persona y personaje: ¿te olvidaste de ti?

¿Estás tan ocupada persiguiendo objetivos que te has olvidado de ser buena persona?

Hemos tenido la oportunidad de escuchar a Luis Huete en el I WIL Networking Lunch del pasado 5 de mayo en el IESE, con una pregunta que resulta, cuanto menos, inquietante: ¿son el personaje y la persona amigos o enemigos?

El personaje es lo que el mundo ve: los logros, el título, la imagen. La persona es lo que somos cuando nadie mira: la calidad humana, las relaciones, la salud. La paradoja que plantea Huete es poderosa: la persona es más frágil que el personaje, pero también más poderosa.

Y aquí está la trampa. Se puede construir un personaje sólido mientras la persona se erosiona por dentro. A eso lo llama impostura. La integración —que personaje y persona se refuercen mutuamente— es más difícil, pero es lo único que sostiene a largo plazo.

Tres ideas sobre las que vale la pena reflexionar:

Sobre la lucidez. Dos fuerzas nos la roban sistemáticamente: el cortisol del estrés, que nos encierra en visión de túnel, y la dopamina de corto plazo, que nos vende felicidad instantánea. Cuando ambas dominan, tomamos decisiones sesgadas: sobreinvertimos en lo que se siente bien ahora y abandonamos lo que realmente nos hace crecer. La lucidez —prever las consecuencias de lo que hacemos, en nosotros y en los demás— requiere que la corteza prefrontal funcione bien. Y para eso necesita silencio, sueño, movimiento, gratitud, vínculos reales.

Sobre el talento. No es estático. Es conocimientos + habilidades + fuerza de voluntad + propósito × actitud. Y se puede cultivar, también en las personas que nos importan. Huete invita a algo que me parece una idea radical en su sencillez: hacer un inventario del talento familiar y construir una estrategia para desarrollarlo. Tratamos nuestra cartera de inversiones con más rigor del que aplicamos al desarrollo de las personas que amamos.

Sobre los ciclos. Los tiempos fáciles crean personas débiles, que crean tiempos difíciles, que crean personas fuertes… El reto no es esperar las crisis para crecer. Es aprender a forjar fortaleza en condiciones de comodidad. Eso requiere fricción voluntaria, estándares exigentes, propósito que trascienda el éxito propio.


Me quedo con la imagen del interés compuesto aplicado al talento. No al dinero: al talento. Cada pequeña inversión en quién eres —no solo en lo que logras— se multiplica con el tiempo de una manera que casi no podemos imaginar al principio.

La pregunta no es si tienes un buen personaje. La pregunta es si la persona que hay detrás lo sostiene. ¿Amigos o enemigos? Coherencia de vida, en definitiva.

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Liderar la propia vida en la era de la distracción: cinco herramientas para decidir mejor cada día

Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido tantos recursos para organizarnos, aprender y producir. Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil perder el foco, fragmentar la atención y dispersar la energía. No es el entorno el que decide por nosotros; es la manera en que gestionamos nuestra atención, nuestras emociones y nuestras prioridades. Rafael Zavala nos explica cómo hacerlo en esta sesión del I WiL Networking Lunch del pasado 10 de febrero. 

Rafael Zavala propone una tesis exigente y liberadora a la vez: liderar la vida no consiste en controlar todo lo que ocurre, sino en gobernar los procesos interiores desde los que respondemos a lo que ocurre. Para ello, identifica cinco herramientas prácticas —atención, soledad, productividad, resiliencia e inteligencia artificial— que permiten convertir lo cotidiano en un espacio de decisión consciente.

Nombrar bien el problema: liderazgo personal como gestión de la acción

Desde la perspectiva de la teoría de la acción, liderar la propia vida no es una cuestión de intensidad, sino de dirección. No se trata de hacer más, sino de orientar mejor la conducta hacia aquello que realmente importa.

La atención configura nuestra experiencia. Allí donde ponemos el foco, crece nuestra realidad subjetiva: aumenta el estrés o la serenidad, la dispersión o la claridad. La productividad no depende solo del tiempo disponible, sino del modo en que articulamos tiempo, energía y prioridades. La resiliencia no es una cualidad mística, sino una capacidad de interpretación. Y la inteligencia artificial, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una herramienta que amplifique —o distorsione— nuestra capacidad de decidir.

El liderazgo personal comienza, por tanto, en un acto interior: elegir a qué prestamos atención y desde qué marco interpretamos lo que nos sucede.

  1. Atención y foco: el arte de dirigir la mente

La atención es un recurso escaso. Si no la dirigimos, alguien la dirigirá por nosotros. Dominar el arte de la atención implica tres movimientos sencillos pero exigentes:

  • Elegir conscientemente el foco.
  • Entrenarlo con prácticas breves (respiraciones de diez segundos, pausas deliberadas).
  • Identificar y limitar distracciones innecesarias.

No hablamos de grandes retiros, sino de microdecisiones cotidianas. Reservar cinco minutos al inicio del día para respirar y revisar prioridades puede cambiar la calidad de la jornada. Llevar un pequeño “registro de atención” —¿a qué he dedicado hoy mi foco y qué impacto ha tenido en mi estado emocional o en mi productividad?— convierte lo difuso en visible.

La atención entrenada no solo mejora el rendimiento; mejora la calidad de nuestra vida interior.

  1. Soledad y silencio: la creatividad necesita espacio

En una cultura hiperconectada, la soledad suele confundirse con aislamiento. Sin embargo, el silencio deliberado es un espacio fértil para la creatividad y la claridad decisional.

Separar momentos sin ruido externo —sin teléfono, sin notificaciones— permite que emerjan ideas que no aparecen en medio del estímulo constante. Programar 15 o 20 minutos de “silencio estratégico” dos veces por semana no es una excentricidad; es una inversión en lucidez.

Un cuaderno de ideas durante esos momentos puede recoger intuiciones que, de otro modo, se perderían. La reflexión no es un lujo para cuando “haya tiempo”; es el combustible de decisiones de calidad.

  1. Productividad: el triángulo TEP (Tiempo, Energía, Prioridades)

La productividad auténtica no se mide por el volumen de tareas completadas, sino por el impacto de las decisiones ejecutadas. Zavala propone el triángulo TEP: Tiempo, Energía y Prioridades.

  • Tiempo: estructurar la agenda colocando lo importante en los momentos de mayor capacidad cognitiva.
  • Energía: asignar tareas intensas cuando la energía es alta y tareas más ligeras cuando es baja.
  • Prioridades: aprender a decir no a lo que no contribuye al propósito.

Una revisión dominical de la agenda —eliminando reuniones no esenciales y reservando bloques para tareas clave— puede ser más transformadora que cualquier aplicación de gestión. Una regla sencilla ayuda: si una tarea no avanza un objetivo significativo, quizá deba posponerse o descartarse.

No se trata de optimizar cada minuto, sino de alinear acción y sentido.

  1. Resiliencia: interpretar para crecer

La adversidad es inevitable. Lo decisivo es la interpretación que hacemos de ella. La resiliencia no elimina el dolor, pero introduce una distancia reflexiva que permite elegir la narrativa.

Ante un desafío, escribir dos interpretaciones posibles —una pesimista y otra constructiva— y optar deliberadamente por la segunda no es ingenuidad; es liderazgo interior. Del mismo modo, pequeñas acciones de autocuidado sostienen la energía emocional en procesos largos o inciertos.

En última instancia, la resiliencia es una forma de libertad: la libertad de decidir cómo significar lo que nos ocurre.

  1. Inteligencia artificial: un copiloto, no un sustituto

La inteligencia artificial puede convertirse en un aliado para planificar, organizar información o diseñar planes de bienestar. Puede ayudarnos a estructurar la semana, generar recordatorios o explorar alternativas.

Pero su valor depende del discernimiento con que se utilice. No debe sustituir el juicio moral ni convertirse en única fuente de verdad. Verificar la información, definir límites claros sobre qué decisiones no se automatizan y reservar espacios de desconexión forman parte de una ética del uso responsable.

La IA amplifica nuestra capacidad de acción; no puede reemplazar nuestra responsabilidad.

Hacer mejor lo que importa

La vida tiene altibajos. No siempre podremos controlar las circunstancias, pero sí podemos cultivar herramientas que mejoren la calidad de nuestras decisiones: atención consciente, espacios de silencio, gestión inteligente del tiempo y la energía, resiliencia interpretativa y uso ético de la tecnología.

La meta no es hacer más, sino hacer mejor lo que realmente importa. Liderar la propia vida es, en el fondo, aprender a decidir con mayor claridad y coherencia.

Quizá la pregunta no sea qué nuevas herramientas necesitamos, sino cuál de estas estamos dispuestos a empezar a practicar hoy.

¿Con cuál de ellas vas a comprometerte esta semana?

Antes de responder, te sugiero que veas la conferencia completa de Rafael:

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