¿Quién soy yo?

Recientemente cayó en mis manos (en mi bandeja de emails) el artículo “¿Cuenta en algo mi identidad?”, del psicólogo Javier Fiz, donde se afirma:

“La identidad tiene que ver con nuestra historia de vida, que se ve influida por el concepto que tenemos de “nuestro mundo” y de la época y lugar en que vivimos. Digamos que se produce, por un lado, lo que los psicólogos llamamos cruce individuo-grupo-sociedad y, por otro, el cruce de la historia personal con la historia social.”

Continúa explicando que la identidad se divide en las siguientes partes:

1. La identidad sexual: es la que implica asumir las cuestiones inherentes al sexo biológico, la feminidad, la masculinidad, el rol como hombre, como mujer, y como tales en relación al otro.

2. La identidad física: afecta a la aceptación del propio cuerpo, y de este en relación con los demás.

3. La identidad psicológica: relacionada con la autoestima, la resolución de conflictos familiares y personales, la actitud, el control y el manejo de los impulsos y las emociones.

4. La identidad social: forjada por el grupo social de pertenencia (clase social, raza), el religioso y los grupos secundarios de interacción (amigos, compañeros de estudio, trabajo). Los grupos sociales actúan como redes de apoyo y de sostenimiento o marco de referencia para el sujeto.

5. La identidad moral: tiene que ver con los valores, los códigos de ética personal, las pautas sociales y culturales.

6. La identidad vocacional: afecta al proyecto de vida, a la realización de una vocación o al descubrimiento de lo que quiero hacer y ser en cuanto a profesión y ocupación.

Nuestra identidad tiene que ver con la interacción social de nuestro ser con otras personas, grupos, etc. No hemos nacido para vivir aisladamente. Somos seres sociales y la pertenencia a un grupo nos dota de las competencias necesarias para ser personas, para amar a otros y engendrar nuevos seres, para poder ejercer una profesión o un trabajo voluntario, para poder crecer intelectualmente… No olvidemos que es en la familia donde experimentamos nuestras primeras “interacciones sociales”.

Erik Erikson formuló 8 estadios psicosociales en el desarrollo de la identidad de una persona. Son estadios ampliamente aceptados, con los que se distancia de Freud, superando la omnipresente causalidad sexual del psicoanalista vienés. Según Erikson, estos estadios del desarrollo de la persona son:

1. Infancia postnatal: Confianza vs. Desconfianza (desde el nacimiento hasta los 18 meses). Los niños desarrollan un sentido de confianza cuando los cuidadores proporcionan fiabilidad, atención y afecto. Su ausencia dará lugar a la desconfianza.
2. Primera infancia: Autonomía vs. Vergüenza y duda (2 a 3 años). Los niños desarrollan un sentido de control personal sobre las habilidades físicas y un sentido de autonomía. El éxito en ello conduce a sentimientos de autonomía. La falta de resultados produce sentimientos de vergüenza y duda.
3. Preescolar: Iniciativa vs. Culpa (3 a 5 años). Los niños comienzan a imponer su control y poder sobre el entorno. El éxito en esta etapa conduce a un sentido de propósito. Los niños que intentan ejercer demasiado poder experimentan desaprobación, lo que les produce un sentimiento de culpa.


4. Edad escolar: Laboriosidad vs. Inferioridad (6 a 11 años). Los niños necesitan enfrentarse a las nuevas demandas sociales y académicas. El éxito conduce a un sentido de competencia, mientras que los resultados de fracaso producen sentimientos de inferioridad.
5. Adolescencia: Exploración de la identidad vs. Difusión de la identidad (12 a 18 años). Los niños que reciben el estímulo y refuerzo adecuados a través de la exploración personal saldrán de esta etapa con un fuerte sentido de sí mismos y una sensación de control y autonomía. Los que continúan dudando de sus creencias y deseos tienden a experimentar inseguridad y confusión acerca de su identidad y futuro.
6. Primera edad adulta: Intimidad vs. Aislamiento (19 a 40 años). Los adultos jóvenes forman relaciones amorosas íntimas con otras personas. Tener un fuerte sentido de identidad es clave para ello. El éxito aquí significa relaciones seguras y comprometidas, mientras que el fracaso puede provocar sentimientos de soledad y aislamiento emocional.
7. Edad adulta media: Generatividad vs. Estancamiento (40 a 65 años). Los adultos necesitan crear o consolidar cosas que sobrevivirán a ellos, a menudo teniendo niños o creando un cambio positivo que beneficie a otras personas. El éxito en este tema conduce a sentimientos de utilidad y logro, mientras que el fracaso produce una débil participación en el mundo.
8. Madurez: Integridad vs. Desesperación (65 hasta fallecimiento). Los adultos mayores necesitan contemplar su vida anterior y sentir una sensación de plenitud. El éxito en esta etapa conduce a sentimientos de sabiduría, mientras que los resultados de fracaso producen pesar, amargura y desesperación.

Son etapas que hay que ir completando y superando, pero esa plenitud de la que habla Erikson en la última etapa de la vida no se basa solo en el pasado, sino también en el presente. Y el futuro no sabemos si llegará… Las personas ancianas son, a menudo, las que más se ven afectadas por ese sentido de la eficacia que tiñe actualmente toda actividad humana. Son personas aparentemente “inútiles” para muchos y, como reflejo, sienten que su vida ya no tiene sentido.

Vínculos familiares

Sin embargo,  la identidad personal  no está conformada solo por los compromisos adquiridos (soy profesor del IESE, miembro de tal club deportivo, …) y su grado de consecución (con la consiguiente sensación de “eficacia” personal), sino que -sobre todo- la identidad está conformada por nuestros vínculos familiares (somos hijos de, padres de, esposos de…), que siguen siempre vivos…aunque falten algunos…

Volviendo a la pregunta sobre quién soy yo, cuál es mi identidad, parece importante resaltar que no estamos hablando de una abstracción estática: la identidad tiene una base coherente y estable que, idealmente, no se vería afectada apenas por lo externo. Pero no hay duda de que el devenir de lo que nos rodea interviene de múltiples maneras en quiénes somos y cómo nos comprendemos y definimos a nosotros mismos.

Para los cristianos, desde el Bautismo, nuestra identidad más profunda viene definida por sabernos hijos de Dios. En la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María (patrona, entre otras naciones, de España y EEUU), no viene mal recordar dónde está anclada nuestra verdadera identidad.

 

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Inmediatez contra madurez

Aún bajo los efectos de la resaca general por el bombardeo a que nos ha sometido el marketing del Black Friday y el Cyber Monday, que todavía colean en internet y en los comercios físicos, me gustaría reflexionar con vosotros sobre algunas consecuencias del consumismo de nuestra época.

El Black Friday tiene su origen en EEUU, parece ser que concretamente en Filadelfia, donde los agentes de policía en los años 50 no daban abasto con el caos circulatorio creado en la ciudad el día después de Acción de Gracias, debido a un partido que tenía lugar tradicionalmente esos días. Otras teorías hacen referencia al paso de números rojos a números negros en los beneficios del comercio (la que lo relaciona con la venta de esclavos negros es fake news). El Cyber Monday también se originó en EEUU, como equivalente online del Black Friday, en fecha mucho más reciente (2005).

Los que tenemos cierta edad nos hemos dado cuenta de que el tiempo de espera para obtener lo que soñamos, queremos, esperamos… ha disminuido notablemente. Antes, comprabas algo por encargo y esperabas unos días o semanas; solicitabas un servicio y pasaba un tiempo antes de verlo realizado; querías hablar con alguien y le dejabas un recado para que te llamara cuando pudiera (mejor dicho, cuando tuviera un teléfono a mano).

Ahora, te das de alta en un servicio premium y todo te llega casi en el acto (en las siguientes dos horas, o en 24 horas y desde cualquier parte del mundo); ya podemos hasta visualizar el resultado de un servicio utilizando sofisticados simuladores que nos animan a contratarlo inmediatamente y, si es digital, se recibe por descarga; hablar en tiempo real con alguien ya no necesita de un teléfono a mano: todos llevamos uno, y si el uso de la voz no es posible, siempre están los servicios de mensajería instantánea.

Si preguntamos a nuestros hijos, ellos no pueden concebir que algo que quieres/deseas/sueñas/buscas tarde en llegar: son nativos de la obtención instantánea, han crecido acostumbrados a la inmediatez de lo que antes llevaba un tiempo de espera paciente. Nosotros desarrollábamos, aunque a la fuerza, una capacidad de sacrificio muy útil, que luego podíamos aplicar a todo: las relaciones personales, el trabajo, incluso con nosotros mismos. Es, en definitiva, la madurez, definida como el sumatorio de tiempos transcurridos desde que quieres algo hasta que te lo permites o te lo dan. ¿Carecen las nuevas generaciones de esta competencia?

En esta semana en que hemos recordado el Día contra la Violencia hacia la Mujer, he leído un artículo de Juan Manuel de Prada que justamente se refiere a ese espíritu de sacrificio perdido. Aunque el artículo, “Remedios maltratadores“, expone la visión del autor sobre una posible solución al maltrato contra la mujer (con la que podremos estar o no de acuerdo), me quedo con esta frase:

“Toda relación humana digna del tal nombre se funda sobre la noción de sacrificio. No hay vida feliz sin sacrificio mutuo, sin renuncia a uno mismo, sin paciencia abnegada y constante. Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse.”

A mí también me parece necesaria “una antropología fundada en la entrega y en el sacrificio”. Saber esperar, saber ponerse en el lugar del otro, saber ver las cosas desde la perspectiva de los otros…todo ello lleva consigo la necesidad de ser paciente y la paciencia requiere renuncia de lo propio: de mi tiempo, de mi posición preponderante, de mi gusto. Es la madurez entendida como la capacidad de posponer satisfacciones. Esta madurez es el resultado de frenar la motivación espontánea que aparece con el atractivo que ejerce sobre nosotros el producto, servicio o actividad que nos proponen. Y se frena con la motivación racional, analizando lo que conviene y lo que no conviene, y por los motivos adecuados, como explicamos en IESE.

¿Es conveniente que nos faciliten el consumo hasta estos extremos que hemos visto desde el pasado viernes (o en general, abriendo todos los domingos)? ¿A quién beneficia al final? Os animo a recuperar la capacidad de esperar, de considerar la vida desde la posición del otro, a salir del natural egoísmo humano como medida necesaria para la convivencia de todos en sociedad.

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2030: ¿Final de la pobreza en el mundo?

Objetivo #1 para el Desarrollo Sostenible (ONU)

1.300 millones de personas viven aproximadamente con menos de 1 dólar al día. Dentro de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para transformar nuestro mundo, la ONU incluye como primer objetivo para 2030:

 “Objetivo 1: Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo

La pobreza va más allá de la falta de ingresos y recursos para garantizar unos medios de vida sostenibles. La pobreza es un problema de derechos humanos.

Entre las distintas manifestaciones de la pobreza figuran el hambre, la malnutrición, la falta de una vivienda digna y el acceso limitado a otros servicios básicos como la educación o la salud. También se encuentran la discriminación y la exclusión social, que incluye la ausencia de la participación de los pobres en la adopción de decisiones, especialmente de aquellas que les afectan.

Para lograr este objetivo, el crecimiento económico debe ser inclusivo, con el fin de crear empleos sostenibles y de promover la igualdad.” (Aquí podéis leer más sobre qué podemos hacer)

La ONG Manos Unidas cita varias causas de la pobreza en el mundo (“el colonialismo, la esclavitud, la guerra, las invasiones …”) pero hace hincapié en por qué esas causas se extienden en el tiempo y cita como principal motivo la indiferencia de los países del Norte hacia la pobreza de los países del Sur. Si ya tenemos la tecnología y la capacidad de producir alimentos suficientes para abastecer a toda la humanidad, ¿por qué seguimos así? Según Manos Unidas, el problema se encuentra en la distribución de los recursos, y por eso dirigen sus esfuerzos a la redistribución de los recursos y en asegurarse de que estos llegan a los más pobres del mundo.

IFFD España, asociación independiente, no lucrativa, constituida para trabajar en la promoción, difusión y desarrollo de la Orientación Familiar y encaminada a mejorar la vida familiar y social, ha publicado el documento “Aplicación del Índice de Pobreza Multidimensional para alcanzar los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible)”.  En este documento se detalla el carácter polifacético de la pobreza y su multidimensionalidad:

“Las dimensiones de la pobreza van más allá de una renta insuficiente. Supone una salud y nutrición precaria, bajo nivel de educación y de competencias,un sustento insuficiente, malas condiciones habitacionales, exclusión social y falta de participación.”

Dentro de la campaña “24 horas que mueven el mundo”, que Manos Unidas lleva a cabo estos días en toda España, hay programado un “evento de luz” en Barcelona:

El sábado 25 de noviembre a las 19:00h tendrá lugar el Concierto del Grupo de Folk Falsterbo en el CT Barcino. Encuentra aquí toda la información.

Y en Madrid:

 El viernes 24 de noviembre, a las 22:30 horas. el conocido director de orquesta Luis Cobos ofrecerá un concierto singular “Enciende la llama” en el Auditorio Nacional de Música de Madrid.

Os animo a participar en estas iniciativas, porque la pobreza es de todos. Este vídeo es una pequeña introducción al tema:

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